"...
...
...
Inicio general del sistema
Comprobando subrutinas de control
...
Localizado error de carga.
Imposible cargar archivo C//:Dos-emron/data/yugseth.vir
Cargando actualización del sistema.
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| 100%
...
...
Isis abrió los ojos. Pese a la mala resolución comprobo que estaba donde se suponía que debía estar. Mesa de color claro, paredes crema, tacto de cuero en la piel, olor a sudor, el sonido del ventilador del procesador, de su respiración, de su corazón. El gusto de sangre en la boca.
Isis parpadeó y chasqueó la lengua. La realidad era tal y cómo debía ser. Comprobó que no procesaba más lentamente de lo normal e hizo un rápido análisis de todas sus funciones motoras. Parecía que todo estaba bien. Se pusó de pie moviendo un montón de musculos de forma precisa. La estructura era estable. Observó a su alrededor y estableció una lista de prioridades. Parecía que necesitaba energia, así que empezó a deambular en busca de algo de comida.
Llegó a lo que parecía encajar con la descripción de una cocina y se acercó a lo que sabía que era una nevera. La abrió y hecho un vistazo entre el contenido hasta que encontró un cartón de leche que no parecía pasada. Lo cogió y empezó a rebuscar por entre los armarios. En los bancos de memoria de su cerebro estaba toda la información que necesitaba, aunque por alguna razón no era capaz de acceder a ella. Era como si no tubiera el programa indicado para poder leer los archivos. Ya encontraría la manera de "recordad" todo lo que necesitara. Era sólo cuestión de teimpo. Sabía que a veces costaba adaptarse al mundo real después de acostumbrarse a la red.
Encontró un paquete de galletas que parecian estar en bastante buen estado y se dispuso a... ¿desayunar? No tenía ni idea, tecnicamente era la primera hora del día, así asignó desayuno al nombre de aqulla comida. Se sentó en la mesa de la cocina, una pequeña office de plástico blanco con evidentes marcas de uso constante. La silla tenía un acolchado sintentico no muy cómodo, aunque fácil de limpiar, que fue todo un descubrimiento en ese momento.
Isis comió. Galletas con leche. No era el mejor manjar del mundo, pero tampoco era malo del todo. Mientras masticaba de forma rítmica descubrió que las galletas tenían un gusto muy peculiar para ser esencialmente trigo molido, un sabor que casaba muy bien con el de la leche. Se dio cuenta que las descripciones y simulaciones virtuales que había consultado sobre el tema no eran tan próximas a la realidad cómo creían. La mayoría se apoyaban en recuerdos del usuario que él ahora mismo no tenía, y eso le hacía pensar que primero se comió y luego se elaboraron las simulaciones.
Una vez hubo comido volvió a la habitación y empezó a buscar algo de ropa, ya que se había dado cuenta de su desnudez, pero mientras rebuscaba por los armarios notó un extraño olor. No tardó en darse cuenta de que provenía de él mismo, así que decidió darse una ducha.
Descubrió que la temperatura del agua era un aspecto vital de la actividad, así que la ajustó a 32 grados, que le pareció que era una temperatura razonable, y notó que su piel se acostumbraba con rapidez a lo que primero le ardía. No registró daños de ningún tipo en su recubrimiento epidermico, así que usó una toalla límpia para secarse, cuyo tacto le resulto una experiencia que no supo definir. Acto seguido se puso a buscar algo de ropa. Tenía instrucciones muy detalladas sobre ese tema. Aunque no recordara nada había en la red multitud de información sobre cómo y qué vestir. Así que hizo lo que pudo con lo que encontró.
Se miró frente al espejo de la habitación para verificar su apareincia. Unos pantalones negros ajustados de algún material sintetico, convinados con una camiseta negra con el eslogan de un grupo de Hard Rock llamado Karkasa. Por encima de esto llevaba una gabardina de color gris oscuro con un caído bastante elgante (según se decía por la red, era lo más importante de una gabardina). Se calzó unas botas demasiado grandes, pesadas para ser cómodas, pero con una evidente función estetica, y peinó su pelo corto hacia arriba, cómo dictaba la moda del momento. Cogió un par de accesorios de la mesa que había cerca de la cama. Una cartera, un cable de conexión corto y enrollado, una DCI pequeñita, una navaja, un pequeño aro dorado que coloco en su oreja y algunas llaves unidas por una anilla.
En su cabeza conservaba una copia del mapa de la ciudad. Situó su objetivo en su mente y se dirigió a la puerta..."
dijous
dissabte
Vultrue, cerca de la medianoche
"Se subió las gafas y agarró con fuerza el manillar. Apoyó el pie en la palanca de arranque y la bajó violentamente. El sonido agradable del motor de su Corley llenó el silencioso aire nocturno. Sonrió, eso era todo lo que hacía falta para ser feliz. Una buena moto, y una larga carretera para rodar...
Justo antes de que pudiera dar gas a fondo a aquella preciosidad y salir quemando rueda, su telefono empezó a sonar. Maldijo entre dientes y volvió a apagar el motor. Apoyo un pie en el suelo mientras sacaba el pequeño aparato de uno de los bolsillos de la chaqueta de cuero tachonada.
- ¿Si?- no tenía sentido anunciar su nombre, aquél numero lo tenía demasiada poca gente
- ¿Señorita Adams?- dijo una voz impersonal a través del auricular.
- La misma- respondió June.- Pero si llama por trabajo mejor llameme Vultrue.
- Cómo quiera, señorita Vultrue- dijo la voz.- No tengo mucho tiempo para perder así que iré directo al grano. Infotech esta al tanto de sus, digamos, "habilidades" y estaría interesada en contratar sus servicios.
- No son baratos- replicó ella, automáticamente.
- Infotech lo sabe, para eso es usted la mejor- añadió la voz,- o eso dicen...
- Dicen bien. ¿De que se trata?
- Bien, se trata de una misión de recuperación en la ciudad. Infotech ha perdido algo y queremos que usted lo recupere. Nos gustaría que fuera en menos de 24 horas.
- Todo depende de lo que esteen dispuestos a pagar.
- Sus honorarios habituales y la desaparicón de esas molestas ordenes de busqueda y captura sobre su persona.
- Es una buena oferta- dijo June.- Sabe que pasa, que no suelo fiarme de las buenas ofertas.
- Se le entregarán los detalles más adelante, si no quiere aceptar el trabajo, Infotech buscara otra persona para ello.
- De acuerdo, en 20 minutos estaré en la ciudad, llamadme entonces
June colgó el telefono y se sacó un cigarro de otro bolsillo de su chaqueta. Lo encendió con calma y dio dos largas caladas. Luego volvió a coger el pequeño telefono y tecleo un número de memória.
- ¿Ben?- dijo al cabo de un rato,- oye majo, necesito que compruebes un par de cosas.
Cinco minutos más tarde estaba sobre el rugir de su motor a 250 kilometros por hora. Dinero en el bolsillo, una moto potente, una carretera larga... había pocas cosas mejores que aquellas..."
Justo antes de que pudiera dar gas a fondo a aquella preciosidad y salir quemando rueda, su telefono empezó a sonar. Maldijo entre dientes y volvió a apagar el motor. Apoyo un pie en el suelo mientras sacaba el pequeño aparato de uno de los bolsillos de la chaqueta de cuero tachonada.
- ¿Si?- no tenía sentido anunciar su nombre, aquél numero lo tenía demasiada poca gente
- ¿Señorita Adams?- dijo una voz impersonal a través del auricular.
- La misma- respondió June.- Pero si llama por trabajo mejor llameme Vultrue.
- Cómo quiera, señorita Vultrue- dijo la voz.- No tengo mucho tiempo para perder así que iré directo al grano. Infotech esta al tanto de sus, digamos, "habilidades" y estaría interesada en contratar sus servicios.
- No son baratos- replicó ella, automáticamente.
- Infotech lo sabe, para eso es usted la mejor- añadió la voz,- o eso dicen...
- Dicen bien. ¿De que se trata?
- Bien, se trata de una misión de recuperación en la ciudad. Infotech ha perdido algo y queremos que usted lo recupere. Nos gustaría que fuera en menos de 24 horas.
- Todo depende de lo que esteen dispuestos a pagar.
- Sus honorarios habituales y la desaparicón de esas molestas ordenes de busqueda y captura sobre su persona.
- Es una buena oferta- dijo June.- Sabe que pasa, que no suelo fiarme de las buenas ofertas.
- Se le entregarán los detalles más adelante, si no quiere aceptar el trabajo, Infotech buscara otra persona para ello.
- De acuerdo, en 20 minutos estaré en la ciudad, llamadme entonces
June colgó el telefono y se sacó un cigarro de otro bolsillo de su chaqueta. Lo encendió con calma y dio dos largas caladas. Luego volvió a coger el pequeño telefono y tecleo un número de memória.
- ¿Ben?- dijo al cabo de un rato,- oye majo, necesito que compruebes un par de cosas.
Cinco minutos más tarde estaba sobre el rugir de su motor a 250 kilometros por hora. Dinero en el bolsillo, una moto potente, una carretera larga... había pocas cosas mejores que aquellas..."
Etiquetat
Fanfic - Otra noche de trabajo
Job 23:45
"Esuchó un suspiro dentro de la habitación. No parecía que la jefa tubiera problemas. Estubo tentado de asomarse a mirar, pero no lo hizo. No era prudente. Y Job era un hombre prudente.
Siguió sentado al estilo japonés, pese a que le dolían un huevo los tobillos. Tenía que calmarse, y dejar fluir el chi, o lo que mierdas tubiera que fluir. Dejó pasar un par de minutos, pero no lograba concentrarse. Estaba nervioso, tenía que emplear toda su fuerza de voluntad en fingir las 24 horas del día. Y aun así tenía la amarga sensación de que ella lo sabía todo. Y a menudo también sospechava de sus compañeros.
Abrió un ojo y les hechó un vistazo. Estaban allí los cuatro, tal y como les había ordenado ella. Toku y Monza estaban quietos, imoviles como estatuas. No respiraban ni falta que les hacía. Sus cuerpos apenas eran algo más que metal. Incluso sus pieles sinteticas de última generación parecían frias y sus expresiones adustas. No sabía cómo habían logrado no volverse locos y matar a todo cuando les rodeaba. Sospechaba que tenía algo que ver con la misteriosa lealtad a su señora, pero en parte no quería conocer la respuesta.
Los dos vestían de forma muy similar. Llevaban kimonos cermimoniales con sendas katanas también cerimoinales, claro que de su obi colgaba una pistola pesada no tan cerimonial y de su hombro un fusil de asalto definitivamente nada cerimonial. Todo eso hacía pensar a Job que después del restaurante no hirian a la playa, precisamente. Y eso hizo que se preocupara. Era relativamente fácil preocupar a Job. Se podría decir que su trabajo era estar preocupado. Tomó nota mental de que tenía que hacer unas llamadas antés de seguir.
El otro miembro del grupo era Kudoro. La chica estaba apoyada en la pared sentada en un cojín. Mantenía los ojos cerrados pero sus dedos tecleaban febrilmente en el teclado en su regazo. Unos dedos que eran mucho más rápidos de lo que podrían haber sido unos dedos humanos corrientes. Job se preguntaba que clase de implantes usaba y porque usaba un teclado manual. Puede que fuera paranoia frente a los programas de hielo negro, pero de todos modos ese no era el problema más grave de Job por el momento.
Procuró que su nueva cara de japonés no pareciera preocupada cuando dijo:
- Ya pasan dos minutos.- Tubo mucho cuidado en hacerlo cómo había estudiado. Seco, profesional. Cómo en una pelicula de Kurosawa, de esas tan viejas y tan sobreactuadas. Sabía que tenía convencidos a la mayoría de que era un tipo cómo dios manda. O como buda manda, o en lo que creyeran los amarillos...
- No te impacientes Iko, saldrá cuando sea la hora.- Respondió Toku, sin moverse un ápice.
- Hai.- Murmuró Job, casi arrepentido de haber roto él el silencio. Maldita sea. Había parecido un plan fácil. Se operaría y se haría pasar por uno de ellos. Le sacarían del país y no tendría que rendir cuentas a Dabelho y sus malditos sicarios.
Pero en esta nueva ciudad no tenía contactos. No conocía a nadie. Y pensó que era mucho más fácil manteniendo su identidad oculta. Al fin y al cabo sus habilidades seguían allí. Pero fue prudente y no mostró todo su potencial. Y aun así había acabado en un extraño grupo que trabajaba para el tal Koreano. El Koreano, Job notó un calambre en la espalda al recordar al hombre. No había que ser muy listo para darse cuenta de que era terriblemente peligroso. Aun sentía esos ojos negros clavados en su nuca. Era ese tipo de gente que invita a confesar. Lo miras y piensas "dios mio, lo sabe. Y sabe que se que lo sabe. Y no dice nada pero soy suyo...", y empezar a pensar así no era muy sano para alguien como Job...
Ella salió. Su peinado era perfecto y su ropa impoluta. Lo que Job había pensado se desvaneció de su mente. Tubo que concentrarse con todas sus fuerzas para no sonreir. No era el momento ni el lugar.
Se levantó sin gemir por lo que le dolían los tobillos y procuró no erguirse en toda su estatura, ya que era más alto que los demás. Tenía que ser cuidadoso para no destacar entre aquellos enanos orientales o tendría que dar muchas explicaciones que quería ahorrarse.
Kurage lo miró. Bueno, giró la cara hacía él. Era ciega, pero Job sabía que le veía de algún modo. Se sentía desnudo ante ella, cómo si sus ojos ciegos pudieran atravesar su piel y ver en lo más profundo de su alma. Realmente era una tia siniestra.
- Vamos, tenemos trabajo.- dijo simplemente. Nadie dijo nada, pero ella le miraba a él. Se lo decía a él. Job siempre había tenido sus agallas muy bien consideradas, pero eso le puso los huevos por corbata. Era realmente macabro.
-Hai- res pondió él. Era demasiado buen actor cómo para que el miedo le traicionara, pero aún así no dejaba de ser duro. Cada vez tenía más ganas de salir de allí.
Toku y su compañero se situarón delante de Kurage, uno a cada lado. Cuestión de efecto. A él le tocaba cerrar la comitiva, con la chica. Aun no tenía claro si siendo un japonés eso tendría que ofenderle o no, por un lado se suponía que tenía que aceptar su posición y por otro igualarle a una mujer era quizá una clase de ofensa. Teóricamente los japoneses tenían una especie de igualdad, pero en algunas cosas no se veía nada claro que eso fuera cierto. Apartó esos pensamientos de su cabeza y se concentró en fruncir el ceño. En todo caso se mostraría enfadado. Si le tocaba estar ofendido haría bien, y si no sólo quedaría cómo otro japonés misogeno.
Los cinco se dirigieron al ascensor de servicio. En su camino sólo encontraron a una camarera que se apartó discretamente al ver las espadas y los fusiles de los dos mercenarios. O quizá fueran sus caras. El caso es que nada les impidió llegar al garaje, dónde Kurage y aquél par de tipos de metal entraron en un todo-terreno negro con los cristales tintados de procedencia japonesa. Era un vehiculo caro, pero habitual en aquella zona de la ciudad. Aunque seguramente estaría modificado hasta los bordes. Job podía apostar sus pelotas a que era un coche blindado preparado para resistir un obús ligero o el asalto de un troll a la carga. Él y la chica, por su parte, subieron un vehiculo mucho más discreto. Job se puso al volante del pequeño utilitario y arrancó para seguir a Kurage.
Toku conducía cómo un maníaco. A Job le costaba seguirle, pero claro, había aprendido a conducir en Río de Janeiro dónde la circulación era poco menos que un caos total. Salieron de la zona acomodada de la ciudad y se dirigieron hacía la zona del puerto donde desembocaban las pestilentes cloacas de la ciudad. Era una zona nauseabunda, sin rastro de apenas civilización. Sólo unas chabolas ruinosas asomaban de vez en cuando por el fango marrón. El todo-terreno se paró ante una vieja cabaña de caña ennegrecida por los años indistinguible del resto. Job maldijo e hizo derrapar el pequeño utilitario para no chocar con la parte trasera del KumoX-trem de su jefa.
- ¡Mierda!- Exclamó su copiloto.- ¿Era necesario que hicieras eso, joder?
- A mi no me mires, habla con la jefa- respondió, aunque se arrepintió enseguida.- Espero que haya motivos para traernos aquí, este lugar me saca de mis casillas
Había vuelto a llamar jefa a Kurage. No era muy propio de un japonés, debía tener más cuidado. Por suerte no parecía que ella se hubiera dado cuenta...
Las puertas del todoterreno se abrieron y sus ocupantes bajarón sin mediar palabra. Los pies de Kurage tocaron el barro pero no se hundieron en él. Parecía cómo si su vestido no fuera a ensuciarse por un mero capricho climatologico. Job y Kudoro también bajarón de su vehiculo. Job reprimió una maldición cuando vió sus caros zapatos sucios por el barro. Toku y Monza ya no llevaban kimonos sino elegantes trajes occidentales y habían dejado las espadas en el coche, aunque todabía llevaban los fusiles y Job pudo adivinar las culatas de sus pistolones en sus americanas. Palpó su manga para asegurarse que su aguja de 50000 voltios siguiera allí y también comprobó que llevaba el pequeño 36 modificado que usaba en los tiroteos.
Vio que Kurage se dirigía al interior de la cabaña sin mediar palabra y que sus guardaespaldas la seguian. Miró a Kudoro, le hizo una seña con la cabeza y después se puso a seguir a los demás. Oyó los pasos de la chica detrás.
Conforme se acercaban a la cabaña, Job se iba sintiendo más y más inquieto. Hasta que Kurage dijo:
- No os preocupeís por los caimanes, cómo si no estubieran.
En aquel momento se fijo en lo que él había supuesto que eran troncos y restos de basura varios para descubrir que se trataba de cocodrilos. Esas enormes lagartijas no les quitaban ojo de encima mientras pasaban. Job empezó a tener miedo. Había visto bichos similares a aquellos arrancar una cabeza de cuajo en el Amazonas, no quería despedirse de alguno de sus miembros todabía. Sus pasos le acercarón aun más a Toku que iba delante suyo.
- ¿Que pasa Iko-chan?¿ Eres demasiado Iki para estas lagartijas grandes?- dijo el mercenario con algo de sorna. Debió ser algo ofensivo, porque Monza rio entre dientes. Iba a responder algo enfurecido cuando Kurage intervino.
- Silencio. Recordad que me representaís, no me hagaís quedar mal.
Siguieron en silencio los escasos metros que les separaban de la cabaña y se plantarón delante de la puerta. Kurage volvió a hablar.
- Toku, Monza, quedaros fuera. Iko y Kudoro, venid conmigo- dijo antes de abrir la puerta.
Job vio el interior de la chabola que parecía tener sólo una y precaria habitación. Había un viejo y ajado sofa de color verde vómito en el que una chica con toda la pinta de dedicarse a la prostitución estaba encendiendo una pipa de crak, una pequeña cocina llena de grasa junto a una vieja y zumbante nevera y una anciana mesa de nogal con dos sillas a juego enmedio de la sala que hubiera hecho las delicias de cualquier arqueologo. Job alcanzó, pese a la nubecilla persisente de humo, a ver una hamaca colgada al final de la habitación. Aquí y allí había columnas para sostener la pesima estructura con máscaras tribales y collares de colmillos que daban un toque muy rústico y caribeño a la choza. Job tubo la sesación de haber vuelto a una de las fabelas de su Rio natal. Aparte de la chica del sofa, sólo había un hombre en la cabaña. Estaba tumbado en la hamaca con un sombrero de paja sobre la cabeza. Vestía un harapiento mono tejano que llevaba desabrochado y que dajaba al descubierto un musculado torso negro empapado en sudor. Era de esa clase de negros, pensó Job, que hacen que las mujeres se muerdan los labios al verles. Casi pudo notar la mirada magnetica de Kudoro a través de su hombro.
- ¿Por que vienes a mis dominios, medusa?- preguntó una voz grave y profunda desde detrás del sombrero de paja.- ¿Es que acaso no tienes sufiente con jugar a los samurais en tu espacio?¿Que es lo que buscas en mi humilde cabaña?
- He venído a verte a ti, caimán- respondió ella sin imutarse.- He venido porque he visto mucho descontrol y abandono en tu territorio. Y ya sabes que debo velar por el equilibrio.
Job notó cierto tono de reproche en la voz de Kurage. El hombre negro se incorporó dejando caer el sombrero de paja y revelando una cabeza afeitada y enfadada de profundos ojos marrones.
- ¿¡Cómo osas venir a mi casa y decirme lo que tengo que hacer!?- exclamó el gigante.- ¿¡Con que derecho y en que nombre vienes a molestarme a mi hogar!?¡Responde!
- He veído porque lo que he visto no puede ser ignorado. He venído porque hay cosas que ni el caimán puede pasar por alto.- respondió otra vez Kurage sin imutarse. Job se puso en guardia discretamente, dejando resbalar su aguja eléctrica hasta tenerla en su mano.
El gigante pareció calmarse y exihibió una amplia sornira llena de blancos dientes. A Job le recordaba a la sonrisa de un cocodrilo, tal vez por eso le llamaran así. Con tres grandes zancadas se pusó delante de Kurage. Medía tres palmos más que ella y, ahora que Job podía apreciarlo, veía que tenía la espalda y la cara cubierta de cicatrices rituales, emulando las escamas de un cocodrilo de verdad.


- Eres valiente pequeña. Y tienes suerte de encontrarme de buenas- dijo el Caimán.- ¿Qué es eso que has visto y que tanto clama al cielo?
- He visto la corrupción en tus dominios, escamoso- dijo Kurage.- He visto cómo chamanes tóxicos envenenaban los espíritus bajo tu protección durante tu sueño. Y he venído para despertar tu venganza, porque ya sabes que debo velar por el equilibrio.
Aquel gigante rugió y golpeo con su enorme puño uno de los enclenques pilares de madera de la cabaña, que crujió e hizo caer polvo del techo.
- Tienes razón, pequeña medusa. Eso me enfurece- dijo.- Oh si, no tienen ni idea de cuanto me enfurece."
Siguió sentado al estilo japonés, pese a que le dolían un huevo los tobillos. Tenía que calmarse, y dejar fluir el chi, o lo que mierdas tubiera que fluir. Dejó pasar un par de minutos, pero no lograba concentrarse. Estaba nervioso, tenía que emplear toda su fuerza de voluntad en fingir las 24 horas del día. Y aun así tenía la amarga sensación de que ella lo sabía todo. Y a menudo también sospechava de sus compañeros.
Abrió un ojo y les hechó un vistazo. Estaban allí los cuatro, tal y como les había ordenado ella. Toku y Monza estaban quietos, imoviles como estatuas. No respiraban ni falta que les hacía. Sus cuerpos apenas eran algo más que metal. Incluso sus pieles sinteticas de última generación parecían frias y sus expresiones adustas. No sabía cómo habían logrado no volverse locos y matar a todo cuando les rodeaba. Sospechaba que tenía algo que ver con la misteriosa lealtad a su señora, pero en parte no quería conocer la respuesta.
Los dos vestían de forma muy similar. Llevaban kimonos cermimoniales con sendas katanas también cerimoinales, claro que de su obi colgaba una pistola pesada no tan cerimonial y de su hombro un fusil de asalto definitivamente nada cerimonial. Todo eso hacía pensar a Job que después del restaurante no hirian a la playa, precisamente. Y eso hizo que se preocupara. Era relativamente fácil preocupar a Job. Se podría decir que su trabajo era estar preocupado. Tomó nota mental de que tenía que hacer unas llamadas antés de seguir.
El otro miembro del grupo era Kudoro. La chica estaba apoyada en la pared sentada en un cojín. Mantenía los ojos cerrados pero sus dedos tecleaban febrilmente en el teclado en su regazo. Unos dedos que eran mucho más rápidos de lo que podrían haber sido unos dedos humanos corrientes. Job se preguntaba que clase de implantes usaba y porque usaba un teclado manual. Puede que fuera paranoia frente a los programas de hielo negro, pero de todos modos ese no era el problema más grave de Job por el momento.
Procuró que su nueva cara de japonés no pareciera preocupada cuando dijo:
- Ya pasan dos minutos.- Tubo mucho cuidado en hacerlo cómo había estudiado. Seco, profesional. Cómo en una pelicula de Kurosawa, de esas tan viejas y tan sobreactuadas. Sabía que tenía convencidos a la mayoría de que era un tipo cómo dios manda. O como buda manda, o en lo que creyeran los amarillos...
- No te impacientes Iko, saldrá cuando sea la hora.- Respondió Toku, sin moverse un ápice.
- Hai.- Murmuró Job, casi arrepentido de haber roto él el silencio. Maldita sea. Había parecido un plan fácil. Se operaría y se haría pasar por uno de ellos. Le sacarían del país y no tendría que rendir cuentas a Dabelho y sus malditos sicarios.
Pero en esta nueva ciudad no tenía contactos. No conocía a nadie. Y pensó que era mucho más fácil manteniendo su identidad oculta. Al fin y al cabo sus habilidades seguían allí. Pero fue prudente y no mostró todo su potencial. Y aun así había acabado en un extraño grupo que trabajaba para el tal Koreano. El Koreano, Job notó un calambre en la espalda al recordar al hombre. No había que ser muy listo para darse cuenta de que era terriblemente peligroso. Aun sentía esos ojos negros clavados en su nuca. Era ese tipo de gente que invita a confesar. Lo miras y piensas "dios mio, lo sabe. Y sabe que se que lo sabe. Y no dice nada pero soy suyo...", y empezar a pensar así no era muy sano para alguien como Job...
Ella salió. Su peinado era perfecto y su ropa impoluta. Lo que Job había pensado se desvaneció de su mente. Tubo que concentrarse con todas sus fuerzas para no sonreir. No era el momento ni el lugar.
Se levantó sin gemir por lo que le dolían los tobillos y procuró no erguirse en toda su estatura, ya que era más alto que los demás. Tenía que ser cuidadoso para no destacar entre aquellos enanos orientales o tendría que dar muchas explicaciones que quería ahorrarse.
Kurage lo miró. Bueno, giró la cara hacía él. Era ciega, pero Job sabía que le veía de algún modo. Se sentía desnudo ante ella, cómo si sus ojos ciegos pudieran atravesar su piel y ver en lo más profundo de su alma. Realmente era una tia siniestra.
- Vamos, tenemos trabajo.- dijo simplemente. Nadie dijo nada, pero ella le miraba a él. Se lo decía a él. Job siempre había tenido sus agallas muy bien consideradas, pero eso le puso los huevos por corbata. Era realmente macabro.
-Hai- res pondió él. Era demasiado buen actor cómo para que el miedo le traicionara, pero aún así no dejaba de ser duro. Cada vez tenía más ganas de salir de allí.
Toku y su compañero se situarón delante de Kurage, uno a cada lado. Cuestión de efecto. A él le tocaba cerrar la comitiva, con la chica. Aun no tenía claro si siendo un japonés eso tendría que ofenderle o no, por un lado se suponía que tenía que aceptar su posición y por otro igualarle a una mujer era quizá una clase de ofensa. Teóricamente los japoneses tenían una especie de igualdad, pero en algunas cosas no se veía nada claro que eso fuera cierto. Apartó esos pensamientos de su cabeza y se concentró en fruncir el ceño. En todo caso se mostraría enfadado. Si le tocaba estar ofendido haría bien, y si no sólo quedaría cómo otro japonés misogeno.
Los cinco se dirigieron al ascensor de servicio. En su camino sólo encontraron a una camarera que se apartó discretamente al ver las espadas y los fusiles de los dos mercenarios. O quizá fueran sus caras. El caso es que nada les impidió llegar al garaje, dónde Kurage y aquél par de tipos de metal entraron en un todo-terreno negro con los cristales tintados de procedencia japonesa. Era un vehiculo caro, pero habitual en aquella zona de la ciudad. Aunque seguramente estaría modificado hasta los bordes. Job podía apostar sus pelotas a que era un coche blindado preparado para resistir un obús ligero o el asalto de un troll a la carga. Él y la chica, por su parte, subieron un vehiculo mucho más discreto. Job se puso al volante del pequeño utilitario y arrancó para seguir a Kurage.
Toku conducía cómo un maníaco. A Job le costaba seguirle, pero claro, había aprendido a conducir en Río de Janeiro dónde la circulación era poco menos que un caos total. Salieron de la zona acomodada de la ciudad y se dirigieron hacía la zona del puerto donde desembocaban las pestilentes cloacas de la ciudad. Era una zona nauseabunda, sin rastro de apenas civilización. Sólo unas chabolas ruinosas asomaban de vez en cuando por el fango marrón. El todo-terreno se paró ante una vieja cabaña de caña ennegrecida por los años indistinguible del resto. Job maldijo e hizo derrapar el pequeño utilitario para no chocar con la parte trasera del KumoX-trem de su jefa.
- ¡Mierda!- Exclamó su copiloto.- ¿Era necesario que hicieras eso, joder?
- A mi no me mires, habla con la jefa- respondió, aunque se arrepintió enseguida.- Espero que haya motivos para traernos aquí, este lugar me saca de mis casillas
Había vuelto a llamar jefa a Kurage. No era muy propio de un japonés, debía tener más cuidado. Por suerte no parecía que ella se hubiera dado cuenta...
Las puertas del todoterreno se abrieron y sus ocupantes bajarón sin mediar palabra. Los pies de Kurage tocaron el barro pero no se hundieron en él. Parecía cómo si su vestido no fuera a ensuciarse por un mero capricho climatologico. Job y Kudoro también bajarón de su vehiculo. Job reprimió una maldición cuando vió sus caros zapatos sucios por el barro. Toku y Monza ya no llevaban kimonos sino elegantes trajes occidentales y habían dejado las espadas en el coche, aunque todabía llevaban los fusiles y Job pudo adivinar las culatas de sus pistolones en sus americanas. Palpó su manga para asegurarse que su aguja de 50000 voltios siguiera allí y también comprobó que llevaba el pequeño 36 modificado que usaba en los tiroteos.
Vio que Kurage se dirigía al interior de la cabaña sin mediar palabra y que sus guardaespaldas la seguian. Miró a Kudoro, le hizo una seña con la cabeza y después se puso a seguir a los demás. Oyó los pasos de la chica detrás.
Conforme se acercaban a la cabaña, Job se iba sintiendo más y más inquieto. Hasta que Kurage dijo:
- No os preocupeís por los caimanes, cómo si no estubieran.
En aquel momento se fijo en lo que él había supuesto que eran troncos y restos de basura varios para descubrir que se trataba de cocodrilos. Esas enormes lagartijas no les quitaban ojo de encima mientras pasaban. Job empezó a tener miedo. Había visto bichos similares a aquellos arrancar una cabeza de cuajo en el Amazonas, no quería despedirse de alguno de sus miembros todabía. Sus pasos le acercarón aun más a Toku que iba delante suyo.
- ¿Que pasa Iko-chan?¿ Eres demasiado Iki para estas lagartijas grandes?- dijo el mercenario con algo de sorna. Debió ser algo ofensivo, porque Monza rio entre dientes. Iba a responder algo enfurecido cuando Kurage intervino.
- Silencio. Recordad que me representaís, no me hagaís quedar mal.
Siguieron en silencio los escasos metros que les separaban de la cabaña y se plantarón delante de la puerta. Kurage volvió a hablar.
- Toku, Monza, quedaros fuera. Iko y Kudoro, venid conmigo- dijo antes de abrir la puerta.
Job vio el interior de la chabola que parecía tener sólo una y precaria habitación. Había un viejo y ajado sofa de color verde vómito en el que una chica con toda la pinta de dedicarse a la prostitución estaba encendiendo una pipa de crak, una pequeña cocina llena de grasa junto a una vieja y zumbante nevera y una anciana mesa de nogal con dos sillas a juego enmedio de la sala que hubiera hecho las delicias de cualquier arqueologo. Job alcanzó, pese a la nubecilla persisente de humo, a ver una hamaca colgada al final de la habitación. Aquí y allí había columnas para sostener la pesima estructura con máscaras tribales y collares de colmillos que daban un toque muy rústico y caribeño a la choza. Job tubo la sesación de haber vuelto a una de las fabelas de su Rio natal. Aparte de la chica del sofa, sólo había un hombre en la cabaña. Estaba tumbado en la hamaca con un sombrero de paja sobre la cabeza. Vestía un harapiento mono tejano que llevaba desabrochado y que dajaba al descubierto un musculado torso negro empapado en sudor. Era de esa clase de negros, pensó Job, que hacen que las mujeres se muerdan los labios al verles. Casi pudo notar la mirada magnetica de Kudoro a través de su hombro.
- ¿Por que vienes a mis dominios, medusa?- preguntó una voz grave y profunda desde detrás del sombrero de paja.- ¿Es que acaso no tienes sufiente con jugar a los samurais en tu espacio?¿Que es lo que buscas en mi humilde cabaña?
- He venído a verte a ti, caimán- respondió ella sin imutarse.- He venido porque he visto mucho descontrol y abandono en tu territorio. Y ya sabes que debo velar por el equilibrio.
Job notó cierto tono de reproche en la voz de Kurage. El hombre negro se incorporó dejando caer el sombrero de paja y revelando una cabeza afeitada y enfadada de profundos ojos marrones.
- ¿¡Cómo osas venir a mi casa y decirme lo que tengo que hacer!?- exclamó el gigante.- ¿¡Con que derecho y en que nombre vienes a molestarme a mi hogar!?¡Responde!
- He veído porque lo que he visto no puede ser ignorado. He venído porque hay cosas que ni el caimán puede pasar por alto.- respondió otra vez Kurage sin imutarse. Job se puso en guardia discretamente, dejando resbalar su aguja eléctrica hasta tenerla en su mano.
El gigante pareció calmarse y exihibió una amplia sornira llena de blancos dientes. A Job le recordaba a la sonrisa de un cocodrilo, tal vez por eso le llamaran así. Con tres grandes zancadas se pusó delante de Kurage. Medía tres palmos más que ella y, ahora que Job podía apreciarlo, veía que tenía la espalda y la cara cubierta de cicatrices rituales, emulando las escamas de un cocodrilo de verdad.


- Eres valiente pequeña. Y tienes suerte de encontrarme de buenas- dijo el Caimán.- ¿Qué es eso que has visto y que tanto clama al cielo?
- He visto la corrupción en tus dominios, escamoso- dijo Kurage.- He visto cómo chamanes tóxicos envenenaban los espíritus bajo tu protección durante tu sueño. Y he venído para despertar tu venganza, porque ya sabes que debo velar por el equilibrio.
Aquel gigante rugió y golpeo con su enorme puño uno de los enclenques pilares de madera de la cabaña, que crujió e hizo caer polvo del techo.
- Tienes razón, pequeña medusa. Eso me enfurece- dijo.- Oh si, no tienen ni idea de cuanto me enfurece."
Etiquetat
Fanfic - Otra noche de trabajo
dilluns
The End, my only friend, The End...

Fin de examenes, fin de fiestas, fin de verano, fin de todo...
Se acabó todo. No tengo nada que hacer por lo que no hago nada, juas. Se esta bien en casa otra vez. Ara viene esa semana en la que tengo tantas cosas por hacer pero que acabo no haciendo nada porque tengo mil otras ocupaciones que hay que hacer de todos modos.
Estoy muy cansado. Dormiría días enteros, sin moverme de sitio. Realmente estoy hecho polvo. Tengo sueñ... ZzZzZzZzzzzz....
Suspirando,
Medusa
dijous
Partir con la caída de las Sakura
"Con la caída de la flor de cerezo, el guerrero parte. Con su oxidada hacha en el hombro y su escuálido cuerpo cubierto por un taparrabos de piel de oso. Se va a matar al dragón.
Puede que nuestro héroe Clarence no sobreviva, pero ahora tiene el valor..."
Deseadme suerte,
Medusa
Puede que nuestro héroe Clarence no sobreviva, pero ahora tiene el valor..."
Deseadme suerte,
Medusa
divendres
Hi ha el que hi ha....

Qui no s'ho pensava...
The Dante's Inferno Test has banished you to the Sixth Level of Hell - The City of Dis!
Here is how you matched up against all the levels:
| Level | Score |
|---|---|
| Purgatory (Repenting Believers) | Very Low |
| Level 1 - Limbo (Virtuous Non-Believers) | Very Low |
| Level 2 (Lustful) | Very High |
| Level 3 (Gluttonous) | Low |
| Level 4 (Prodigal and Avaricious) | Moderate |
| Level 5 (Wrathful and Gloomy) | Very High |
| Level 6 - The City of Dis (Heretics) | Extreme |
| Level 7 (Violent) | Very High |
| Level 8- the Malebolge (Fraudulent, Malicious, Panderers) | Very High |
| Level 9 - Cocytus (Treacherous) | High |
Take the Dante's Divine Comedy Inferno Test
PD: per celebrar un post capicua, 121, també poso les tisores de suicidi, xD
Calibrando, Medusa
dilluns
Kurage, 23:15
"Miró al espiritu sinuoso y delgado del dragón de neon. Sus formas de fósforo brillante dibujaban este mítico animal igual que el que aparecía en la taberna que custodiaba. Kurage conoccía el poder de la creencia, pues era una shaman, y sabía que los nombre y las palabras, los conceptos, en los que creía mucha gente tenían poder. Mucho poder a veces.
El mundo espiritual era cómo un reflejo de esa afirmación. En este lugar extraño lo único que importaba era el significado, no el significante. En el mundo espiritual pasar por debajo de una escalera o cruzarte con un gato negro significaba mucho más que en el mundo físico. Kurage también sabía eso, pues era una shaman y esa era su senda. Ella podía entrar y salir del mundo espiritual mediante su poder y, en cierta medida, era su deber.
El dragón vigilaría su cuerpo hasta el amanecer. Nadie podría hacerle daño mientras ella estubiera fuera. El dragón era un espiritu poderoso. Dependía del edificio del Dragón Dorado, un lujoso restaurante que hacía las veces de prostíbulo de lujo entre los ricos orientales de la ciudad. Kurage sabía que, en el caso de llegar alguién a donde estaba ella, el dragón se encargaría. Así que partió tranquila.
Su destino estaba lejos, pero en el mundo espiritual las distáncias no funcionaban del mismo modo que en el mundo físico. En aquel entorno, como en los sueños, los viajes eran más importantes que las distáncias. Era lo que te encontraras en el camino lo que marcaría cómo llegaras al destino, y no los pasos que dieras.
Salió del huevo de dragón que era el prostíbulo en el mundo espiritual y se encontró con un estanque. Cada vez que entraba en el mundo de los espiritus este cambiaba, a veces incluso con ella dentro. Allí no podía confiar en los sentídos normales. No se trataba de ver para creer, sino de creer para ver. Kurage se vio reflejada en el lago. Su pálida piel era ahora transparente, cómo si estubiera hecha de agua y su largo cabello blanco se había convertido en un millar de fínisimos tentaculos que se mecian con el viento fantasmal del lugar. Kurage nadó por el mundo espiritual y se sumergió en el lago.
Nadó hasta las profundidades del mismo hasta que el agua a su alrededor fue tan oscura como el alquitrán. Sentía cada vez más espiritus extraños a su alrededor. Esta era una zona muy viva de la ciudad, con mucha personalidad. Las cloacas estaban llenas de vida espiritual. Vió formas de vagabundos, perros salvajes, el gigantesco y profundo espíritu de un canal e incluso la misteriosa sombra vaporosa de un caimán.
Las cloacas se extendían hasta donde llegaba su consciencia, pero ella había venído en busca de alguién y conocía las normas. No podía esconderse de la Medusa, no mientras hubiera agua cerca.
De repente lo vió. Emergió de entre el lodo pestilente impoluta grácias a su fuerza de voluntad y sintió cómo se arremolinaba el espíritu del chaman tóxico. Las figuras de cenenares de roedores corrían por el pasillo hacía un mismo lugar. Kurage contempló con rostro impasible cómo aquella manada de chillantes ratas, de ojos rojos y dientes amarillentos. Mantener aquella cara de poker le hubiera sido difícil de no haber sido una shaman experimentada, y ciega. Resultaba irónico que, siendo ciega, las cosas que tubiera que "ver" fueran aquellas abominaciones que corrompían su precioso mundo espiritual. Los seres tóxicos, que contaminaban sus cistalinas y amadas aguas.
Cuando su figura emergió de las aguas negruzcas y espesas de las cloacas todos los roedores se girarón hacía ella. Sus ojos rojos brillarón por un segundo y, de repente, todos empezarón a correr en la misma dirección y formar una asquerosa maraña de pelo mugriento y crugidos enervantes. En la bola de correteantes ratas se formó una grotesca y tosca cara, que miró con furia a Kurage.
- ¿Que haces en mis dominios, medusa? ¡Nada te incumbe de lo que ocurra en este lugar!- Chilló el shaman tóxico, con la horrible voz de mil ratas corrompidas por las enfermedades.
- Sabes, corruptor, que dónde haya agua estaré yo.- Respondió Kurage con calma,- y, aunque no pueda derrotarte en tu hogar, eres demasiado egoista para acabar conmigo ahora, sabes que te costaría la vida. He venído porque quiero saber, a saber que es lo que os instiga a salir de vuestras madrigueras llenas de pus justamente ahora.
- ¿Y esperas que mantengamos una amena charla mientras tomamos un té? - Aulló la bola de ratas, mientras la escabrosa risa de mil bocas castigaba duramente aquella pequeña parte del espiritu del túnel. Kurage se preocupó, el espiritu del túnel era muy anciano y poderoso, pero la corrupción del shaman tóxico había aumentado en muy poco tiempo y ella tenía que saber porque. Su alianza con el Dragón se lo exigía, tenía una deuda. Además, aquello les ateñía a todos. Las aguas también serían corrompidas si la podredumbre tomaba un cuerpo y un nombre, y Kurage no podía permitirlo.
- No me obligues a enfrentarme a ti, Jaghen Oswold.- Advirtió Kurage con severidad.- Te crees a salvo en el lecho que tu mismo has corrompido, ¡pero este lugar es mucho más anciano y mucho más profundo de lo que tu mente de sucia rata puede entender!
Kurage llamó al espiritu del canal y le dio fuerza para que pudiera enfrentarse a la corrupción. Los espiritus tan viejos y grandes son estáticos, pero Kurage sabía que la suave carícia constante del agua le haría despertar. El shaman tóxico rugió y chilló tratando de intimidarla, y un aluvión de ratas se lanzó al agua para asfixiarla y morderla, pero nadie podía vencer a Kurage en el agua. Y menos con la ayuda del espiritu del lugar.
El túnel tembló con fuerza en ambos mundos conforme despertaba y ambos shamanes pudieron oír el grito de dolor del espiritu del canal al darse cuenta de su profunda herída supurante. El dolor precedió a la furia que se desató en forma de una salvaje queja. Kurage sonrió. Quizá ella no pudiera acabar con el tóxico en persona, pero podía advertir a quien si podía. Las ratas que se acercaban a Kurage, y que ya empezaban a perecer bajo el veneno de sus cabellos, comenzarón a desaparecer rapidamente. El shaman se retiraba al mundo físico, huía. El espiritu tóxico rugió una vez más, no pretendía dejarle escapar con vida.
- Maldito cobarde- masculló Kurage mientras su figura se sumergía lentamente en las aguas, aun corruptas, del canal. La corrupción se entremezclaba en el tejido del espiritu del mismo modo que una mancha se pega a una prenda de ropa querida. Por suerte para el espíritu, la corrupción aun no era irreversible. Con mucha paciencia y algo de suerte, Kurage podría extirpar toda aquella podredumbre. Llena de asco y lástima, empezó su amarga tarea.
En el mundo real, una chica ciega en coma clínico lanzó un suspiro."
El mundo espiritual era cómo un reflejo de esa afirmación. En este lugar extraño lo único que importaba era el significado, no el significante. En el mundo espiritual pasar por debajo de una escalera o cruzarte con un gato negro significaba mucho más que en el mundo físico. Kurage también sabía eso, pues era una shaman y esa era su senda. Ella podía entrar y salir del mundo espiritual mediante su poder y, en cierta medida, era su deber.
El dragón vigilaría su cuerpo hasta el amanecer. Nadie podría hacerle daño mientras ella estubiera fuera. El dragón era un espiritu poderoso. Dependía del edificio del Dragón Dorado, un lujoso restaurante que hacía las veces de prostíbulo de lujo entre los ricos orientales de la ciudad. Kurage sabía que, en el caso de llegar alguién a donde estaba ella, el dragón se encargaría. Así que partió tranquila.
Su destino estaba lejos, pero en el mundo espiritual las distáncias no funcionaban del mismo modo que en el mundo físico. En aquel entorno, como en los sueños, los viajes eran más importantes que las distáncias. Era lo que te encontraras en el camino lo que marcaría cómo llegaras al destino, y no los pasos que dieras.
Salió del huevo de dragón que era el prostíbulo en el mundo espiritual y se encontró con un estanque. Cada vez que entraba en el mundo de los espiritus este cambiaba, a veces incluso con ella dentro. Allí no podía confiar en los sentídos normales. No se trataba de ver para creer, sino de creer para ver. Kurage se vio reflejada en el lago. Su pálida piel era ahora transparente, cómo si estubiera hecha de agua y su largo cabello blanco se había convertido en un millar de fínisimos tentaculos que se mecian con el viento fantasmal del lugar. Kurage nadó por el mundo espiritual y se sumergió en el lago.
Nadó hasta las profundidades del mismo hasta que el agua a su alrededor fue tan oscura como el alquitrán. Sentía cada vez más espiritus extraños a su alrededor. Esta era una zona muy viva de la ciudad, con mucha personalidad. Las cloacas estaban llenas de vida espiritual. Vió formas de vagabundos, perros salvajes, el gigantesco y profundo espíritu de un canal e incluso la misteriosa sombra vaporosa de un caimán.
Las cloacas se extendían hasta donde llegaba su consciencia, pero ella había venído en busca de alguién y conocía las normas. No podía esconderse de la Medusa, no mientras hubiera agua cerca.
De repente lo vió. Emergió de entre el lodo pestilente impoluta grácias a su fuerza de voluntad y sintió cómo se arremolinaba el espíritu del chaman tóxico. Las figuras de cenenares de roedores corrían por el pasillo hacía un mismo lugar. Kurage contempló con rostro impasible cómo aquella manada de chillantes ratas, de ojos rojos y dientes amarillentos. Mantener aquella cara de poker le hubiera sido difícil de no haber sido una shaman experimentada, y ciega. Resultaba irónico que, siendo ciega, las cosas que tubiera que "ver" fueran aquellas abominaciones que corrompían su precioso mundo espiritual. Los seres tóxicos, que contaminaban sus cistalinas y amadas aguas.
Cuando su figura emergió de las aguas negruzcas y espesas de las cloacas todos los roedores se girarón hacía ella. Sus ojos rojos brillarón por un segundo y, de repente, todos empezarón a correr en la misma dirección y formar una asquerosa maraña de pelo mugriento y crugidos enervantes. En la bola de correteantes ratas se formó una grotesca y tosca cara, que miró con furia a Kurage.
- ¿Que haces en mis dominios, medusa? ¡Nada te incumbe de lo que ocurra en este lugar!- Chilló el shaman tóxico, con la horrible voz de mil ratas corrompidas por las enfermedades.
- Sabes, corruptor, que dónde haya agua estaré yo.- Respondió Kurage con calma,- y, aunque no pueda derrotarte en tu hogar, eres demasiado egoista para acabar conmigo ahora, sabes que te costaría la vida. He venído porque quiero saber, a saber que es lo que os instiga a salir de vuestras madrigueras llenas de pus justamente ahora.
- ¿Y esperas que mantengamos una amena charla mientras tomamos un té? - Aulló la bola de ratas, mientras la escabrosa risa de mil bocas castigaba duramente aquella pequeña parte del espiritu del túnel. Kurage se preocupó, el espiritu del túnel era muy anciano y poderoso, pero la corrupción del shaman tóxico había aumentado en muy poco tiempo y ella tenía que saber porque. Su alianza con el Dragón se lo exigía, tenía una deuda. Además, aquello les ateñía a todos. Las aguas también serían corrompidas si la podredumbre tomaba un cuerpo y un nombre, y Kurage no podía permitirlo.
- No me obligues a enfrentarme a ti, Jaghen Oswold.- Advirtió Kurage con severidad.- Te crees a salvo en el lecho que tu mismo has corrompido, ¡pero este lugar es mucho más anciano y mucho más profundo de lo que tu mente de sucia rata puede entender!
Kurage llamó al espiritu del canal y le dio fuerza para que pudiera enfrentarse a la corrupción. Los espiritus tan viejos y grandes son estáticos, pero Kurage sabía que la suave carícia constante del agua le haría despertar. El shaman tóxico rugió y chilló tratando de intimidarla, y un aluvión de ratas se lanzó al agua para asfixiarla y morderla, pero nadie podía vencer a Kurage en el agua. Y menos con la ayuda del espiritu del lugar.
El túnel tembló con fuerza en ambos mundos conforme despertaba y ambos shamanes pudieron oír el grito de dolor del espiritu del canal al darse cuenta de su profunda herída supurante. El dolor precedió a la furia que se desató en forma de una salvaje queja. Kurage sonrió. Quizá ella no pudiera acabar con el tóxico en persona, pero podía advertir a quien si podía. Las ratas que se acercaban a Kurage, y que ya empezaban a perecer bajo el veneno de sus cabellos, comenzarón a desaparecer rapidamente. El shaman se retiraba al mundo físico, huía. El espiritu tóxico rugió una vez más, no pretendía dejarle escapar con vida.
- Maldito cobarde- masculló Kurage mientras su figura se sumergía lentamente en las aguas, aun corruptas, del canal. La corrupción se entremezclaba en el tejido del espiritu del mismo modo que una mancha se pega a una prenda de ropa querida. Por suerte para el espíritu, la corrupción aun no era irreversible. Con mucha paciencia y algo de suerte, Kurage podría extirpar toda aquella podredumbre. Llena de asco y lástima, empezó su amarga tarea.
En el mundo real, una chica ciega en coma clínico lanzó un suspiro."
Subscriure's a:
Missatges (Atom)