Siguió sentado al estilo japonés, pese a que le dolían un huevo los tobillos. Tenía que calmarse, y dejar fluir el chi, o lo que mierdas tubiera que fluir. Dejó pasar un par de minutos, pero no lograba concentrarse. Estaba nervioso, tenía que emplear toda su fuerza de voluntad en fingir las 24 horas del día. Y aun así tenía la amarga sensación de que ella lo sabía todo. Y a menudo también sospechava de sus compañeros.
Abrió un ojo y les hechó un vistazo. Estaban allí los cuatro, tal y como les había ordenado ella. Toku y Monza estaban quietos, imoviles como estatuas. No respiraban ni falta que les hacía. Sus cuerpos apenas eran algo más que metal. Incluso sus pieles sinteticas de última generación parecían frias y sus expresiones adustas. No sabía cómo habían logrado no volverse locos y matar a todo cuando les rodeaba. Sospechaba que tenía algo que ver con la misteriosa lealtad a su señora, pero en parte no quería conocer la respuesta.
Los dos vestían de forma muy similar. Llevaban kimonos cermimoniales con sendas katanas también cerimoinales, claro que de su obi colgaba una pistola pesada no tan cerimonial y de su hombro un fusil de asalto definitivamente nada cerimonial. Todo eso hacía pensar a Job que después del restaurante no hirian a la playa, precisamente. Y eso hizo que se preocupara. Era relativamente fácil preocupar a Job. Se podría decir que su trabajo era estar preocupado. Tomó nota mental de que tenía que hacer unas llamadas antés de seguir.
El otro miembro del grupo era Kudoro. La chica estaba apoyada en la pared sentada en un cojín. Mantenía los ojos cerrados pero sus dedos tecleaban febrilmente en el teclado en su regazo. Unos dedos que eran mucho más rápidos de lo que podrían haber sido unos dedos humanos corrientes. Job se preguntaba que clase de implantes usaba y porque usaba un teclado manual. Puede que fuera paranoia frente a los programas de hielo negro, pero de todos modos ese no era el problema más grave de Job por el momento.
Procuró que su nueva cara de japonés no pareciera preocupada cuando dijo:
- Ya pasan dos minutos.- Tubo mucho cuidado en hacerlo cómo había estudiado. Seco, profesional. Cómo en una pelicula de Kurosawa, de esas tan viejas y tan sobreactuadas. Sabía que tenía convencidos a la mayoría de que era un tipo cómo dios manda. O como buda manda, o en lo que creyeran los amarillos...
- No te impacientes Iko, saldrá cuando sea la hora.- Respondió Toku, sin moverse un ápice.
- Hai.- Murmuró Job, casi arrepentido de haber roto él el silencio. Maldita sea. Había parecido un plan fácil. Se operaría y se haría pasar por uno de ellos. Le sacarían del país y no tendría que rendir cuentas a Dabelho y sus malditos sicarios.
Pero en esta nueva ciudad no tenía contactos. No conocía a nadie. Y pensó que era mucho más fácil manteniendo su identidad oculta. Al fin y al cabo sus habilidades seguían allí. Pero fue prudente y no mostró todo su potencial. Y aun así había acabado en un extraño grupo que trabajaba para el tal Koreano. El Koreano, Job notó un calambre en la espalda al recordar al hombre. No había que ser muy listo para darse cuenta de que era terriblemente peligroso. Aun sentía esos ojos negros clavados en su nuca. Era ese tipo de gente que invita a confesar. Lo miras y piensas "dios mio, lo sabe. Y sabe que se que lo sabe. Y no dice nada pero soy suyo...", y empezar a pensar así no era muy sano para alguien como Job...
Ella salió. Su peinado era perfecto y su ropa impoluta. Lo que Job había pensado se desvaneció de su mente. Tubo que concentrarse con todas sus fuerzas para no sonreir. No era el momento ni el lugar.
Se levantó sin gemir por lo que le dolían los tobillos y procuró no erguirse en toda su estatura, ya que era más alto que los demás. Tenía que ser cuidadoso para no destacar entre aquellos enanos orientales o tendría que dar muchas explicaciones que quería ahorrarse.
Kurage lo miró. Bueno, giró la cara hacía él. Era ciega, pero Job sabía que le veía de algún modo. Se sentía desnudo ante ella, cómo si sus ojos ciegos pudieran atravesar su piel y ver en lo más profundo de su alma. Realmente era una tia siniestra.
- Vamos, tenemos trabajo.- dijo simplemente. Nadie dijo nada, pero ella le miraba a él. Se lo decía a él. Job siempre había tenido sus agallas muy bien consideradas, pero eso le puso los huevos por corbata. Era realmente macabro.
-Hai- res pondió él. Era demasiado buen actor cómo para que el miedo le traicionara, pero aún así no dejaba de ser duro. Cada vez tenía más ganas de salir de allí.
Toku y su compañero se situarón delante de Kurage, uno a cada lado. Cuestión de efecto. A él le tocaba cerrar la comitiva, con la chica. Aun no tenía claro si siendo un japonés eso tendría que ofenderle o no, por un lado se suponía que tenía que aceptar su posición y por otro igualarle a una mujer era quizá una clase de ofensa. Teóricamente los japoneses tenían una especie de igualdad, pero en algunas cosas no se veía nada claro que eso fuera cierto. Apartó esos pensamientos de su cabeza y se concentró en fruncir el ceño. En todo caso se mostraría enfadado. Si le tocaba estar ofendido haría bien, y si no sólo quedaría cómo otro japonés misogeno.
Los cinco se dirigieron al ascensor de servicio. En su camino sólo encontraron a una camarera que se apartó discretamente al ver las espadas y los fusiles de los dos mercenarios. O quizá fueran sus caras. El caso es que nada les impidió llegar al garaje, dónde Kurage y aquél par de tipos de metal entraron en un todo-terreno negro con los cristales tintados de procedencia japonesa. Era un vehiculo caro, pero habitual en aquella zona de la ciudad. Aunque seguramente estaría modificado hasta los bordes. Job podía apostar sus pelotas a que era un coche blindado preparado para resistir un obús ligero o el asalto de un troll a la carga. Él y la chica, por su parte, subieron un vehiculo mucho más discreto. Job se puso al volante del pequeño utilitario y arrancó para seguir a Kurage.
Toku conducía cómo un maníaco. A Job le costaba seguirle, pero claro, había aprendido a conducir en Río de Janeiro dónde la circulación era poco menos que un caos total. Salieron de la zona acomodada de la ciudad y se dirigieron hacía la zona del puerto donde desembocaban las pestilentes cloacas de la ciudad. Era una zona nauseabunda, sin rastro de apenas civilización. Sólo unas chabolas ruinosas asomaban de vez en cuando por el fango marrón. El todo-terreno se paró ante una vieja cabaña de caña ennegrecida por los años indistinguible del resto. Job maldijo e hizo derrapar el pequeño utilitario para no chocar con la parte trasera del KumoX-trem de su jefa.
- ¡Mierda!- Exclamó su copiloto.- ¿Era necesario que hicieras eso, joder?
- A mi no me mires, habla con la jefa- respondió, aunque se arrepintió enseguida.- Espero que haya motivos para traernos aquí, este lugar me saca de mis casillas
Había vuelto a llamar jefa a Kurage. No era muy propio de un japonés, debía tener más cuidado. Por suerte no parecía que ella se hubiera dado cuenta...
Las puertas del todoterreno se abrieron y sus ocupantes bajarón sin mediar palabra. Los pies de Kurage tocaron el barro pero no se hundieron en él. Parecía cómo si su vestido no fuera a ensuciarse por un mero capricho climatologico. Job y Kudoro también bajarón de su vehiculo. Job reprimió una maldición cuando vió sus caros zapatos sucios por el barro. Toku y Monza ya no llevaban kimonos sino elegantes trajes occidentales y habían dejado las espadas en el coche, aunque todabía llevaban los fusiles y Job pudo adivinar las culatas de sus pistolones en sus americanas. Palpó su manga para asegurarse que su aguja de 50000 voltios siguiera allí y también comprobó que llevaba el pequeño 36 modificado que usaba en los tiroteos.
Vio que Kurage se dirigía al interior de la cabaña sin mediar palabra y que sus guardaespaldas la seguian. Miró a Kudoro, le hizo una seña con la cabeza y después se puso a seguir a los demás. Oyó los pasos de la chica detrás.
Conforme se acercaban a la cabaña, Job se iba sintiendo más y más inquieto. Hasta que Kurage dijo:
- No os preocupeís por los caimanes, cómo si no estubieran.
En aquel momento se fijo en lo que él había supuesto que eran troncos y restos de basura varios para descubrir que se trataba de cocodrilos. Esas enormes lagartijas no les quitaban ojo de encima mientras pasaban. Job empezó a tener miedo. Había visto bichos similares a aquellos arrancar una cabeza de cuajo en el Amazonas, no quería despedirse de alguno de sus miembros todabía. Sus pasos le acercarón aun más a Toku que iba delante suyo.
- ¿Que pasa Iko-chan?¿ Eres demasiado Iki para estas lagartijas grandes?- dijo el mercenario con algo de sorna. Debió ser algo ofensivo, porque Monza rio entre dientes. Iba a responder algo enfurecido cuando Kurage intervino.
- Silencio. Recordad que me representaís, no me hagaís quedar mal.
Siguieron en silencio los escasos metros que les separaban de la cabaña y se plantarón delante de la puerta. Kurage volvió a hablar.
- Toku, Monza, quedaros fuera. Iko y Kudoro, venid conmigo- dijo antes de abrir la puerta.
Job vio el interior de la chabola que parecía tener sólo una y precaria habitación. Había un viejo y ajado sofa de color verde vómito en el que una chica con toda la pinta de dedicarse a la prostitución estaba encendiendo una pipa de crak, una pequeña cocina llena de grasa junto a una vieja y zumbante nevera y una anciana mesa de nogal con dos sillas a juego enmedio de la sala que hubiera hecho las delicias de cualquier arqueologo. Job alcanzó, pese a la nubecilla persisente de humo, a ver una hamaca colgada al final de la habitación. Aquí y allí había columnas para sostener la pesima estructura con máscaras tribales y collares de colmillos que daban un toque muy rústico y caribeño a la choza. Job tubo la sesación de haber vuelto a una de las fabelas de su Rio natal. Aparte de la chica del sofa, sólo había un hombre en la cabaña. Estaba tumbado en la hamaca con un sombrero de paja sobre la cabeza. Vestía un harapiento mono tejano que llevaba desabrochado y que dajaba al descubierto un musculado torso negro empapado en sudor. Era de esa clase de negros, pensó Job, que hacen que las mujeres se muerdan los labios al verles. Casi pudo notar la mirada magnetica de Kudoro a través de su hombro.
- ¿Por que vienes a mis dominios, medusa?- preguntó una voz grave y profunda desde detrás del sombrero de paja.- ¿Es que acaso no tienes sufiente con jugar a los samurais en tu espacio?¿Que es lo que buscas en mi humilde cabaña?
- He venído a verte a ti, caimán- respondió ella sin imutarse.- He venido porque he visto mucho descontrol y abandono en tu territorio. Y ya sabes que debo velar por el equilibrio.
Job notó cierto tono de reproche en la voz de Kurage. El hombre negro se incorporó dejando caer el sombrero de paja y revelando una cabeza afeitada y enfadada de profundos ojos marrones.
- ¿¡Cómo osas venir a mi casa y decirme lo que tengo que hacer!?- exclamó el gigante.- ¿¡Con que derecho y en que nombre vienes a molestarme a mi hogar!?¡Responde!
- He veído porque lo que he visto no puede ser ignorado. He venído porque hay cosas que ni el caimán puede pasar por alto.- respondió otra vez Kurage sin imutarse. Job se puso en guardia discretamente, dejando resbalar su aguja eléctrica hasta tenerla en su mano.
El gigante pareció calmarse y exihibió una amplia sornira llena de blancos dientes. A Job le recordaba a la sonrisa de un cocodrilo, tal vez por eso le llamaran así. Con tres grandes zancadas se pusó delante de Kurage. Medía tres palmos más que ella y, ahora que Job podía apreciarlo, veía que tenía la espalda y la cara cubierta de cicatrices rituales, emulando las escamas de un cocodrilo de verdad.


- Eres valiente pequeña. Y tienes suerte de encontrarme de buenas- dijo el Caimán.- ¿Qué es eso que has visto y que tanto clama al cielo?
- He visto la corrupción en tus dominios, escamoso- dijo Kurage.- He visto cómo chamanes tóxicos envenenaban los espíritus bajo tu protección durante tu sueño. Y he venído para despertar tu venganza, porque ya sabes que debo velar por el equilibrio.
Aquel gigante rugió y golpeo con su enorme puño uno de los enclenques pilares de madera de la cabaña, que crujió e hizo caer polvo del techo.
- Tienes razón, pequeña medusa. Eso me enfurece- dijo.- Oh si, no tienen ni idea de cuanto me enfurece."
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