diumenge

Poemes

BORIS GODUNOV
(Fragmento)
Pimen: (Escribe a la luz de un candil)


Una más; la última historia
y se acaban mis anales.
He cumplido el deber que Dios me legó,
a mí, pobre pecador. No en vano
me hizo testigo de tantos años
y me enseñó el arte de las letras.

Un día, algún monje diligente
encontrará mi obra esforzada y anónima.
Como yo, encenderá el candil
y sacudiendo el polvo de las cuartillas
copiará estos cuentos verídicos.
Que sepan los nietos de los ortodoxos
el pasado de su tierra;
que recuerden a sus zares magníficos
por sus obras, su gloria y su bondad;
mas, por sus pecados, sus hechos oscuros,
que imploren humildes al Salvador...

Estoy viviendo de nuevo en mi vejez.
El pasado se desliza ante mí.
No hace mucho tiempo que en torrentes,
lleno de hechos, se agitaba como un mar.
Ahora está mudo y tranquilo...
Mi memoria no conserva muchos rostros;
hay muchas palabras que se han ido;
lo demás ha perecido para siempre...
Pero se acerca el día, el candil ya se extingue:
una más; la última historia...

EL AVARO
Escena primera (El sótano)
El Barón:
Así como el mancebo acude a la furtiva cita
con cualquier libertina que vende sus caricias,
o la tonta muchacha que pudo seducir,
espero todo el día el instante dichoso
en que bajo a mi sótano hacia mis fieles cofres.
¡Oh, qué glorioso día! Pondré en la sexta caja—
la que aún no está llena— un puñado más de oro...
Parece ser muy poco, mas lentamente crecen
mis amados tesoros. Leí en alguna parte
que el Rey ordenó un día a todos sus guerreros
que echaran un puñado de tierra en un montón,
y un orgulloso cerro allí se levantó.
El Rey pudo mirar de lo alto alegremente
la llanura cubierta por las tiendas de guerra
y el mar donde bogaban, cual pájaros, los buques.
De igual modo, trayendo puñado tras puñado
mi tributo habitual hasta este sótano,
me erigí una montaña, y de su altura soberbia,
lo que me pertenece me gusta contemplar.
Pero decidme: ¿qué es lo que no me pertenece?
Desde aquí como un mago puedo regir el mundo.
Si yo lo deseara, se levantarían palacios;
a mis bellos jardines vendrían diligentes
las niñas más hermosas en grácil multitud.
Las musas me darían su olímpico tributo
y el genio majestuoso se rendiría ante mí.
La virtud, el tesón, y la labor constante
esperarían humildes mis pingües recompensas.
Me bastaría un silbido, y la maldad sangrienta
se arrastraría hasta mí, dócil, tímida, servil;
me lamería las manos mirándome a los ojos
para leer en ellos mi magna voluntad.
Todo me es obediente; yo no obedezco a nadie;

EL PUÑAL
Yo te aprecio, mi puñal de noble acero.
Te forjó para la venganza el soñador georgiano;
te afiló para el combate el libre circasiano,
mas yo te aprecio, claro y frío compañero.

Una mano de lirio te puso en mi mano
a la despedida, en prueba de amor,
y no fue sangre lo que por ti se deslizó:
fue una gota de llanto, clara perla de dolor.

Y llenos de una tristeza misteriosa,
en mí se detuvieron sus ojos negros.
En la luz temblorosa, al igual que tu acero
se empañó su mirada y lució más hermosa.

Eres mi compañero, prenda de mudo amor.
De ejemplo servirás a mi vida peregrina:
como tú, no he de cambiar, y mi alma altiva,
como tú, amigo fiel, será fuerte en el dolor.


EL TERROR
Por la noche se preparaban para el trabajo.
Leían relaciones, informes, expedientes.
De prisa firmaban sentencias.
Bostezaban. Bebían.
Por la mañana repartían vodka entre los soldados.
Por la noche, a la luz de las velas,
llamaban por lista a hombres y mujeres.
Los empujaban al patio sombrío;
les quitaban calzados, ropa interior, vestidos.
Los ataban en líos; los cargaban en el carro; los llevaban.

Dividían anillos, relojes...
Por la noche los conducían, descalzos, hambrientos,
por el suelo helado, bajo el viento Nordeste,
fuera de la ciudad, hacia vacíos solares.
Con las culatas los empujaban hacia la barranca,
los alumbraban con las linternas, y durante un medio minuto
trabajaban las ametralladoras.
Los acababan con las bayonetas.
Aun vivientes, los echaban en el foso.
De prisa los cubrían de tierra,
y entonces, con un canto largo y sonoro
retornaban a la ciudad.

Al amanecer, se deslizaban hacia las mismas barrancas
mujeres, madres, perros.
Excavaban la tierra, peleaban por los huesos,


y besaban la carne querida.


conozco mis poderes, y eso me hace feliz...

dimecres

Kurage, 00:16

Kurage velaba por el equilibrio. La medusa vivía para ello, el mundo se derrumbaría sin un equilibrio. Ella odiaba los cambios, todos eran a peor, pero había cambios que no podía evitar. Uno de ellos era la guerra. No rompería su alianza con el Dragón por eso. Sólo conseguiría estar peor posicionada para devolver las cosas a su sitio. La única forma de acabar con esa guerra era ganarla deprisa. Y si no podía hacer que las tropas del Dragón fueran más poderosas, podía hacer que las de sus rivales lo fueran menos.

Aunque enfurecer al Caimán era un juego peligroso, era una buena forma de ganar aquella guerra. Si conseguía hacer que no se diera cuenta de la guerra que se avecinaba, no se uniría a ningún bando. Sabía que los haitanos que mantenían a Caimán tenían tratos con los italianos, y eso podría hacer que Caimán acabara enfrentado al Dragón. La clave para manipularlo era darle algo que hacer. Mientras estaba quieto escuchaba, una vez en marcha ya nada podía pararlo. El chaman corrupto no sobreviviría, pero Caimán tardaría lo suficiente en matarlo cómo para darle tiempo a la guerra a que acabara.

- Acabaré con él Kurage, pero no se porque me ayudas- gruñó el chaman.- Nunca regalas nada ¿Por cuanto me saldrá esto?

- La palabra no es regalo, Caimán, la palabra es simbiosis- respondió Kurage sin imutarse.- No quiero que la ciudad se llené de retazos de corrupción y tu no quieres que los tóxics pudran tu territorio. Todos ganamos. Todos menos el avatar de la corrupción.

- Has dejado clara tu postura- dijo él.- Vete ahora, voy a salir de caza y no quiero que te salpiquen los restos.

- Hai- respondió Kuraege.- Dejo tu morada, Caimán. Espero que seas fiel a tu palabra y acabes con el mal que mora en las entrañas de tu casa.

- No oses dudar de mi palabra, pequeña shaman, nada puede puede parar al Caimán cuando este se ha despertado.

- Cuento con ello- respondió ella al tiempo que hacía una reverencia y salía de la pequeña cabaña. Sus acompañantes hicierón lo propio ante la atenta mirada del shaman y subieron a los vehiculos. Tenía que relizar otro trabajo para el Dragón, un imperceptible gesto de Kudoro había advertido a Kurage de la urgencia de hacerlo.

- Ayumu- dijo sólo.

El impresionatne todoterreno y el pequeño utilitario salieron del territorio del shaman enseguida. Cruzarón otra vez media ciudad para dirigirse al centro, dónde se encontraban todos los servicios de la ciudad. Toku aparcó en un callejón gris y sucio, sin nada especial para el observador corriente.

Kurage bajo del coche, Kudoro tambien. Toku y Monza aparcarón el todoterreno al fondo del callejón preparado para marcharse y Job dejó el coche en la calle y retiró todo lo de valor que quedaba en él (un disco de música, un trapo y un frasco de líquido anticongelante).

En el callejón Kudoro se acercó a una caja de luces y la abrió sin mucho esfuerzo. Enchufó un terminal que colgaba de su teclado en uno de los puertos y empezó a teclear de forma febril. Kurage y sus guardaespaldas esperaron de forma paciente mientras Iko encendía un cigarrillo.

- Este es el plan- dijo Kurage,- Kudoro y Monza se quedan aquí fuera. El resto entraís conmigo, cogemos el paquete y salimos. Tenemos 85 segundos. ¿Alguna pregunta?

Nadie dijo nada. Iko tiró el cigarro al suelo y lo aplastó con el zapato.

- Bien, vamos pues.

divendres

Una bella mort

"Tota la vida has esperat aquest moment, penses mentre mires la porta. A l'altra banda hi ha llum, soroll i crits. Algú vol entrar, i la cadira que bloqueja toscament la porta no resistirà una altra embestida. Ho saps. Agafes amb força la culata de l'AK. Tens més bales de les que pots gastar, la oportunitat de cosir de trets alguns d'aquests podrits i, el que sempre havies volgut, una bona mort.

No es bona perque sigui famosa, això t'es igual. Probablement ningú recordí qui va morir aquí, enduent-se per davant tots aquells que va poder. Ni es bona perquè sigui útil. Només guanyes temps perque el que queda dels teus amics fugin a la seguretat de la frontera. Han agafat el teu cotxe, plé de benzina i amb provisions per a dos persones, tot i que només n'es una. Qui t'hauria dit que conservar aquell panda 4x4 tans anys sería útil. Pocs cotxes poden recorrer les carreteres de l'alta garrotxa amb seguretat des que es van prohibir els toterrenys.

Ara es preparen. Has aconseguit enganyar-los i creuen que en sou almenys sis carregats d'explosius. Sempre han sigut igual de poc astuts, haurieu guanyat si no fos pels botiflers, indesisos i tardans. Van anar suprimint llibertats fins que el poble va dir prou, però ho van fer prou suaument com perquè qui es queixava fos titllat d'exaltat i de provocador. I llavors van arribar els combats i vau prendre la Generalitat. Gloriòs dia. Tu hi eres, hi vas anar amb M, N i P. No es que estiguessis entusiasmat amb l'asumpte, pero creies que era just, i hi vas anar perque hi havia els teus amics.

Ara son tots morts, tots menys ella... vas respondre a la crida d'armes. Pero com que sempre has sigut un covard, no amb tot el teu entusiasme. Això si, vas aconseguir els AK-74 i et vas encarregar de la lógistica. Ningú ho sabría mai, pero vas haver de pelar un parell de xinesos per aconseguir les armes. Vas estar a tots els fronts. La batalla d'Amposta, el setge de Tarragona, la presa del Prat de tropes enemigues i vas aconseguir treure la colla del mortal setge de Barcelona. M no va voler deixar Cerdanyola i va morir fent saltar el cuarter del general Trillo amb ell a dins estampant-si amb un camió de gas butà.

Vas portar el que quedava dels teus fins a casa, a Olot. Per primera i última vegada vas poder-te saltar els peatges de la Caixa a plaer. El cotxe robat a la familia Cirera ens va dur fins al que quedava de la ciutat lliberal. Com tota la Catalunya interior, Olot era encara un focus de resisténcia davant l'invasor. Però només era qüestió de temps. Els vam esperar, o i tant que si. No era una qüestió de patriotisme, ni tan sols d'ideologia. Era cosa de la dignitat. Tots ens vam quedar, i tots vam resistir fins que els Requetés de Valladolid van trencar el setge. N'hi havia cenenars. Vas perdre la pista dels altres. Et consta que X i G van morir defensant la seva botiga de comics a ultrança i que F i T van parar els tancs que pujaven pel paseig de Barcelona dinamitant la ferrería d'época que tant els havía costat d'aixecar.

El front Olotí va recular cap el casc antic en qüestió d'hores. R va morir atrapat al antic local d'ERC per un obús perdut. Algú et va dir que P va aconseguir eludir el setge i que va morir, embogit, defensant l'imponent castell de Rocabruna, on diuen que encara resta amagada la seva impresionant frontera. Et va florir un somriure, almenys havia derrotat el cáncer. N va deixar la pell en l'últim intent de trencar la línea de front, amb tots els brigadistes, inclosa aquella francesa tan mona que duia un fill seu.

Tots morts, tots menys tu. Tots menys ella. Podries haver fugit. Ja no et quedava res per fer en aquest tros de terra. La patria es un invent, que deia aquell, el teu país son els teus amics. Ja havíes aconseguit treure totes les seves families que encara restaven vives. Fins i tot havíes pogut salvar la petita filla de X i G, que creixería, amb sort, feliç i sana amb la seva avia.

Pero no havies pogut abandonar-la. Sabies que encara no havia marxat. Sabies que no marxaria a no ser que aconseguissis convencer-la. Vas conduir com un boig, amb la policia militar als talons. Vas aconseguir despistar-los a Sant Jaume i vas desfer camí fins a l'Estany. Sabies que sería allà, vetllant per la tomba dels seus germans. Has baixat del cotxe i l'has obligada a marxar. Saps que si algú es capaç de començar una nova vida i ser feliç era ella. De tots, és la única capaç de superar els horrors d'una guerra així. T'ha suplicat que marxessis amb ella, però sabíes que no hi havia temps. Podies veure el reflex de les sirenes al camí de pujada. Només hi havia una manera de que ho aconseguís, que no sabessin que havía marxat d'allí fins que molt després de que hagués creuat la frontera amb França.

L'has mirada als ulls. Només un segon. Tantes coses que no li has pogut dir, només li has pogut dir que cuidés del seu fill, que l'estimés tant com tu l'havies estimada a ella. I l'has feta fora. Saps que ha marxat, ho saps perque sempre t'ha fet fer el que ella volía menys avui, que ha sigut el primer cop a la teva vida que has sabut el que es estar segur del que fas.

Has mort vuit soldats des del balcó. Els has amenaçat i fet creure que tenies els codis dels famosos misils que el Conseller de defensa M va comprar a Iran. No han bombardejat la casa, tenien por. Han entrat sala per sala, i saps que son a l'altre cantó de la porta, pots sentir els seus passos. Saps que es riuran del teu cos cosit a trets i es faran els valents, peró has tingut el seu cor al teu puny i amb sort molts no ho explicaran. Reps un misatge al mobil, resulta increible que encara funcioni, grácies a la proximitat amb França i als repetidors clandestins dels maquis. Només quatre paraules. "Et trobo a faltar". Es tot el que nesecitaves saber. Estires el fil que aguantava les anelles de les granades que has ocultat a les bigues de la casa. Sens veus alterades a l'altre costat de la porta al sentir com 124 anelles son substretes de cop. Enretires la cadira i obres la porta d'una puntada.

Et poses a disparar i comptes cinc caiguts abans que la primera bala t'impacti. Notes com el metall et perfora la cama dreta, com quan veníes armes curtes a Guatemala i us van emboscar aquells paramilitars. El genoll dret et cau a terra pero segueixes disparant. En cauen dos més i ja portes 2 segons. Dos bales més t'impacten, una et vola la orella dreta i no et mata de miracle, l'altra entra per la teva espatlla i sens com s'encalla a l'omòplat. No deixes el fusell encara, només et queden 5 de les trenta bales de l'AK, pero aquestes son suficients per matar dos dels tres soldats que queden.

El fusell calla i tu caus a terra entre espasmes. Sens les passes del soldat que queda viu. I sens com acomoda l'arma a la seva espatlla.

- Aquí se acaba tu camino, perro separatista- sens que diu, amb marcat accent extremeny.

- Aquí acaba el teu, invasor dels collons- aconsegueixes replicar, amb un últim alé.

No sens la resposta del soldat. Ni tu ni ningú, ja que en aquest instant les granades exploten sepultant-te a tu i al invasor a les ruines de Más l'Estany. Dediques un últim instant de memória a la teva pàtria durant els últims dos anys. Tots ells, M, N, P, X, G, F, T, R... i ella. Per primer i últim cop a la teva trista vida, et sents orgullós del que has fet.

Això es el que hauria de voler tot home. Una bella mort."

dijous

Isis, 00:00

"...

...

...

Inicio general del sistema
Comprobando subrutinas de control

...

Localizado error de carga.
Imposible cargar archivo C//:Dos-emron/data/yugseth.vir
Cargando actualización del sistema.
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| 100%

...

...



Isis abrió los ojos. Pese a la mala resolución comprobo que estaba donde se suponía que debía estar. Mesa de color claro, paredes crema, tacto de cuero en la piel, olor a sudor, el sonido del ventilador del procesador, de su respiración, de su corazón. El gusto de sangre en la boca.

Isis parpadeó y chasqueó la lengua. La realidad era tal y cómo debía ser. Comprobó que no procesaba más lentamente de lo normal e hizo un rápido análisis de todas sus funciones motoras. Parecía que todo estaba bien. Se pusó de pie moviendo un montón de musculos de forma precisa. La estructura era estable. Observó a su alrededor y estableció una lista de prioridades. Parecía que necesitaba energia, así que empezó a deambular en busca de algo de comida.

Llegó a lo que parecía encajar con la descripción de una cocina y se acercó a lo que sabía que era una nevera. La abrió y hecho un vistazo entre el contenido hasta que encontró un cartón de leche que no parecía pasada. Lo cogió y empezó a rebuscar por entre los armarios. En los bancos de memoria de su cerebro estaba toda la información que necesitaba, aunque por alguna razón no era capaz de acceder a ella. Era como si no tubiera el programa indicado para poder leer los archivos. Ya encontraría la manera de "recordad" todo lo que necesitara. Era sólo cuestión de teimpo. Sabía que a veces costaba adaptarse al mundo real después de acostumbrarse a la red.

Encontró un paquete de galletas que parecian estar en bastante buen estado y se dispuso a... ¿desayunar? No tenía ni idea, tecnicamente era la primera hora del día, así asignó desayuno al nombre de aqulla comida. Se sentó en la mesa de la cocina, una pequeña office de plástico blanco con evidentes marcas de uso constante. La silla tenía un acolchado sintentico no muy cómodo, aunque fácil de limpiar, que fue todo un descubrimiento en ese momento.

Isis comió. Galletas con leche. No era el mejor manjar del mundo, pero tampoco era malo del todo. Mientras masticaba de forma rítmica descubrió que las galletas tenían un gusto muy peculiar para ser esencialmente trigo molido, un sabor que casaba muy bien con el de la leche. Se dio cuenta que las descripciones y simulaciones virtuales que había consultado sobre el tema no eran tan próximas a la realidad cómo creían. La mayoría se apoyaban en recuerdos del usuario que él ahora mismo no tenía, y eso le hacía pensar que primero se comió y luego se elaboraron las simulaciones.

Una vez hubo comido volvió a la habitación y empezó a buscar algo de ropa, ya que se había dado cuenta de su desnudez, pero mientras rebuscaba por los armarios notó un extraño olor. No tardó en darse cuenta de que provenía de él mismo, así que decidió darse una ducha.

Descubrió que la temperatura del agua era un aspecto vital de la actividad, así que la ajustó a 32 grados, que le pareció que era una temperatura razonable, y notó que su piel se acostumbraba con rapidez a lo que primero le ardía. No registró daños de ningún tipo en su recubrimiento epidermico, así que usó una toalla límpia para secarse, cuyo tacto le resulto una experiencia que no supo definir. Acto seguido se puso a buscar algo de ropa. Tenía instrucciones muy detalladas sobre ese tema. Aunque no recordara nada había en la red multitud de información sobre cómo y qué vestir. Así que hizo lo que pudo con lo que encontró.

Se miró frente al espejo de la habitación para verificar su apareincia. Unos pantalones negros ajustados de algún material sintetico, convinados con una camiseta negra con el eslogan de un grupo de Hard Rock llamado Karkasa. Por encima de esto llevaba una gabardina de color gris oscuro con un caído bastante elgante (según se decía por la red, era lo más importante de una gabardina). Se calzó unas botas demasiado grandes, pesadas para ser cómodas, pero con una evidente función estetica, y peinó su pelo corto hacia arriba, cómo dictaba la moda del momento. Cogió un par de accesorios de la mesa que había cerca de la cama. Una cartera, un cable de conexión corto y enrollado, una DCI pequeñita, una navaja, un pequeño aro dorado que coloco en su oreja y algunas llaves unidas por una anilla.

En su cabeza conservaba una copia del mapa de la ciudad. Situó su objetivo en su mente y se dirigió a la puerta..."

dissabte

Vultrue, cerca de la medianoche

"Se subió las gafas y agarró con fuerza el manillar. Apoyó el pie en la palanca de arranque y la bajó violentamente. El sonido agradable del motor de su Corley llenó el silencioso aire nocturno. Sonrió, eso era todo lo que hacía falta para ser feliz. Una buena moto, y una larga carretera para rodar...

Justo antes de que pudiera dar gas a fondo a aquella preciosidad y salir quemando rueda, su telefono empezó a sonar. Maldijo entre dientes y volvió a apagar el motor. Apoyo un pie en el suelo mientras sacaba el pequeño aparato de uno de los bolsillos de la chaqueta de cuero tachonada.

- ¿Si?- no tenía sentido anunciar su nombre, aquél numero lo tenía demasiada poca gente

- ¿Señorita Adams?- dijo una voz impersonal a través del auricular.

- La misma- respondió June.- Pero si llama por trabajo mejor llameme Vultrue.

- Cómo quiera, señorita Vultrue- dijo la voz.- No tengo mucho tiempo para perder así que iré directo al grano. Infotech esta al tanto de sus, digamos, "habilidades" y estaría interesada en contratar sus servicios.

- No son baratos- replicó ella, automáticamente.

- Infotech lo sabe, para eso es usted la mejor- añadió la voz,- o eso dicen...

- Dicen bien. ¿De que se trata?

- Bien, se trata de una misión de recuperación en la ciudad. Infotech ha perdido algo y queremos que usted lo recupere. Nos gustaría que fuera en menos de 24 horas.

- Todo depende de lo que esteen dispuestos a pagar.

- Sus honorarios habituales y la desaparicón de esas molestas ordenes de busqueda y captura sobre su persona.

- Es una buena oferta- dijo June.- Sabe que pasa, que no suelo fiarme de las buenas ofertas.

- Se le entregarán los detalles más adelante, si no quiere aceptar el trabajo, Infotech buscara otra persona para ello.

- De acuerdo, en 20 minutos estaré en la ciudad, llamadme entonces

June colgó el telefono y se sacó un cigarro de otro bolsillo de su chaqueta. Lo encendió con calma y dio dos largas caladas. Luego volvió a coger el pequeño telefono y tecleo un número de memória.

- ¿Ben?- dijo al cabo de un rato,- oye majo, necesito que compruebes un par de cosas.

Cinco minutos más tarde estaba sobre el rugir de su motor a 250 kilometros por hora. Dinero en el bolsillo, una moto potente, una carretera larga... había pocas cosas mejores que aquellas..."

Job 23:45

"Esuchó un suspiro dentro de la habitación. No parecía que la jefa tubiera problemas. Estubo tentado de asomarse a mirar, pero no lo hizo. No era prudente. Y Job era un hombre prudente.

Siguió sentado al estilo japonés, pese a que le dolían un huevo los tobillos. Tenía que calmarse, y dejar fluir el chi, o lo que mierdas tubiera que fluir. Dejó pasar un par de minutos, pero no lograba concentrarse. Estaba nervioso, tenía que emplear toda su fuerza de voluntad en fingir las 24 horas del día. Y aun así tenía la amarga sensación de que ella lo sabía todo. Y a menudo también sospechava de sus compañeros.

Abrió un ojo y les hechó un vistazo. Estaban allí los cuatro, tal y como les había ordenado ella. Toku y Monza estaban quietos, imoviles como estatuas. No respiraban ni falta que les hacía. Sus cuerpos apenas eran algo más que metal. Incluso sus pieles sinteticas de última generación parecían frias y sus expresiones adustas. No sabía cómo habían logrado no volverse locos y matar a todo cuando les rodeaba. Sospechaba que tenía algo que ver con la misteriosa lealtad a su señora, pero en parte no quería conocer la respuesta.

Los dos vestían de forma muy similar. Llevaban kimonos cermimoniales con sendas katanas también cerimoinales, claro que de su obi colgaba una pistola pesada no tan cerimonial y de su hombro un fusil de asalto definitivamente nada cerimonial. Todo eso hacía pensar a Job que después del restaurante no hirian a la playa, precisamente. Y eso hizo que se preocupara. Era relativamente fácil preocupar a Job. Se podría decir que su trabajo era estar preocupado. Tomó nota mental de que tenía que hacer unas llamadas antés de seguir.

El otro miembro del grupo era Kudoro. La chica estaba apoyada en la pared sentada en un cojín. Mantenía los ojos cerrados pero sus dedos tecleaban febrilmente en el teclado en su regazo. Unos dedos que eran mucho más rápidos de lo que podrían haber sido unos dedos humanos corrientes. Job se preguntaba que clase de implantes usaba y porque usaba un teclado manual. Puede que fuera paranoia frente a los programas de hielo negro, pero de todos modos ese no era el problema más grave de Job por el momento.

Procuró que su nueva cara de japonés no pareciera preocupada cuando dijo:

- Ya pasan dos minutos.- Tubo mucho cuidado en hacerlo cómo había estudiado. Seco, profesional. Cómo en una pelicula de Kurosawa, de esas tan viejas y tan sobreactuadas. Sabía que tenía convencidos a la mayoría de que era un tipo cómo dios manda. O como buda manda, o en lo que creyeran los amarillos...

- No te impacientes Iko, saldrá cuando sea la hora.- Respondió Toku, sin moverse un ápice.

- Hai.- Murmuró Job, casi arrepentido de haber roto él el silencio. Maldita sea. Había parecido un plan fácil. Se operaría y se haría pasar por uno de ellos. Le sacarían del país y no tendría que rendir cuentas a Dabelho y sus malditos sicarios.

Pero en esta nueva ciudad no tenía contactos. No conocía a nadie. Y pensó que era mucho más fácil manteniendo su identidad oculta. Al fin y al cabo sus habilidades seguían allí. Pero fue prudente y no mostró todo su potencial. Y aun así había acabado en un extraño grupo que trabajaba para el tal Koreano. El Koreano, Job notó un calambre en la espalda al recordar al hombre. No había que ser muy listo para darse cuenta de que era terriblemente peligroso. Aun sentía esos ojos negros clavados en su nuca. Era ese tipo de gente que invita a confesar. Lo miras y piensas "dios mio, lo sabe. Y sabe que se que lo sabe. Y no dice nada pero soy suyo...", y empezar a pensar así no era muy sano para alguien como Job...

Ella salió. Su peinado era perfecto y su ropa impoluta. Lo que Job había pensado se desvaneció de su mente. Tubo que concentrarse con todas sus fuerzas para no sonreir. No era el momento ni el lugar.

Se levantó sin gemir por lo que le dolían los tobillos y procuró no erguirse en toda su estatura, ya que era más alto que los demás. Tenía que ser cuidadoso para no destacar entre aquellos enanos orientales o tendría que dar muchas explicaciones que quería ahorrarse.

Kurage lo miró. Bueno, giró la cara hacía él. Era ciega, pero Job sabía que le veía de algún modo. Se sentía desnudo ante ella, cómo si sus ojos ciegos pudieran atravesar su piel y ver en lo más profundo de su alma. Realmente era una tia siniestra.

- Vamos, tenemos trabajo.- dijo simplemente. Nadie dijo nada, pero ella le miraba a él. Se lo decía a él. Job siempre había tenido sus agallas muy bien consideradas, pero eso le puso los huevos por corbata. Era realmente macabro.

-Hai- res pondió él. Era demasiado buen actor cómo para que el miedo le traicionara, pero aún así no dejaba de ser duro. Cada vez tenía más ganas de salir de allí.

Toku y su compañero se situarón delante de Kurage, uno a cada lado. Cuestión de efecto. A él le tocaba cerrar la comitiva, con la chica. Aun no tenía claro si siendo un japonés eso tendría que ofenderle o no, por un lado se suponía que tenía que aceptar su posición y por otro igualarle a una mujer era quizá una clase de ofensa. Teóricamente los japoneses tenían una especie de igualdad, pero en algunas cosas no se veía nada claro que eso fuera cierto. Apartó esos pensamientos de su cabeza y se concentró en fruncir el ceño. En todo caso se mostraría enfadado. Si le tocaba estar ofendido haría bien, y si no sólo quedaría cómo otro japonés misogeno.

Los cinco se dirigieron al ascensor de servicio. En su camino sólo encontraron a una camarera que se apartó discretamente al ver las espadas y los fusiles de los dos mercenarios. O quizá fueran sus caras. El caso es que nada les impidió llegar al garaje, dónde Kurage y aquél par de tipos de metal entraron en un todo-terreno negro con los cristales tintados de procedencia japonesa. Era un vehiculo caro, pero habitual en aquella zona de la ciudad. Aunque seguramente estaría modificado hasta los bordes. Job podía apostar sus pelotas a que era un coche blindado preparado para resistir un obús ligero o el asalto de un troll a la carga. Él y la chica, por su parte, subieron un vehiculo mucho más discreto. Job se puso al volante del pequeño utilitario y arrancó para seguir a Kurage.

Toku conducía cómo un maníaco. A Job le costaba seguirle, pero claro, había aprendido a conducir en Río de Janeiro dónde la circulación era poco menos que un caos total. Salieron de la zona acomodada de la ciudad y se dirigieron hacía la zona del puerto donde desembocaban las pestilentes cloacas de la ciudad. Era una zona nauseabunda, sin rastro de apenas civilización. Sólo unas chabolas ruinosas asomaban de vez en cuando por el fango marrón. El todo-terreno se paró ante una vieja cabaña de caña ennegrecida por los años indistinguible del resto. Job maldijo e hizo derrapar el pequeño utilitario para no chocar con la parte trasera del KumoX-trem de su jefa.

- ¡Mierda!- Exclamó su copiloto.- ¿Era necesario que hicieras eso, joder?

- A mi no me mires, habla con la jefa- respondió, aunque se arrepintió enseguida.- Espero que haya motivos para traernos aquí, este lugar me saca de mis casillas

Había vuelto a llamar jefa a Kurage. No era muy propio de un japonés, debía tener más cuidado. Por suerte no parecía que ella se hubiera dado cuenta...

Las puertas del todoterreno se abrieron y sus ocupantes bajarón sin mediar palabra. Los pies de Kurage tocaron el barro pero no se hundieron en él. Parecía cómo si su vestido no fuera a ensuciarse por un mero capricho climatologico. Job y Kudoro también bajarón de su vehiculo. Job reprimió una maldición cuando vió sus caros zapatos sucios por el barro. Toku y Monza ya no llevaban kimonos sino elegantes trajes occidentales y habían dejado las espadas en el coche, aunque todabía llevaban los fusiles y Job pudo adivinar las culatas de sus pistolones en sus americanas. Palpó su manga para asegurarse que su aguja de 50000 voltios siguiera allí y también comprobó que llevaba el pequeño 36 modificado que usaba en los tiroteos.

Vio que Kurage se dirigía al interior de la cabaña sin mediar palabra y que sus guardaespaldas la seguian. Miró a Kudoro, le hizo una seña con la cabeza y después se puso a seguir a los demás. Oyó los pasos de la chica detrás.

Conforme se acercaban a la cabaña, Job se iba sintiendo más y más inquieto. Hasta que Kurage dijo:

- No os preocupeís por los caimanes, cómo si no estubieran.

En aquel momento se fijo en lo que él había supuesto que eran troncos y restos de basura varios para descubrir que se trataba de cocodrilos. Esas enormes lagartijas no les quitaban ojo de encima mientras pasaban. Job empezó a tener miedo. Había visto bichos similares a aquellos arrancar una cabeza de cuajo en el Amazonas, no quería despedirse de alguno de sus miembros todabía. Sus pasos le acercarón aun más a Toku que iba delante suyo.

- ¿Que pasa Iko-chan?¿ Eres demasiado Iki para estas lagartijas grandes?- dijo el mercenario con algo de sorna. Debió ser algo ofensivo, porque Monza rio entre dientes. Iba a responder algo enfurecido cuando Kurage intervino.

- Silencio. Recordad que me representaís, no me hagaís quedar mal.

Siguieron en silencio los escasos metros que les separaban de la cabaña y se plantarón delante de la puerta. Kurage volvió a hablar.

- Toku, Monza, quedaros fuera. Iko y Kudoro, venid conmigo- dijo antes de abrir la puerta.

Job vio el interior de la chabola que parecía tener sólo una y precaria habitación. Había un viejo y ajado sofa de color verde vómito en el que una chica con toda la pinta de dedicarse a la prostitución estaba encendiendo una pipa de crak, una pequeña cocina llena de grasa junto a una vieja y zumbante nevera y una anciana mesa de nogal con dos sillas a juego enmedio de la sala que hubiera hecho las delicias de cualquier arqueologo. Job alcanzó, pese a la nubecilla persisente de humo, a ver una hamaca colgada al final de la habitación. Aquí y allí había columnas para sostener la pesima estructura con máscaras tribales y collares de colmillos que daban un toque muy rústico y caribeño a la choza. Job tubo la sesación de haber vuelto a una de las fabelas de su Rio natal. Aparte de la chica del sofa, sólo había un hombre en la cabaña. Estaba tumbado en la hamaca con un sombrero de paja sobre la cabeza. Vestía un harapiento mono tejano que llevaba desabrochado y que dajaba al descubierto un musculado torso negro empapado en sudor. Era de esa clase de negros, pensó Job, que hacen que las mujeres se muerdan los labios al verles. Casi pudo notar la mirada magnetica de Kudoro a través de su hombro.

- ¿Por que vienes a mis dominios, medusa?- preguntó una voz grave y profunda desde detrás del sombrero de paja.- ¿Es que acaso no tienes sufiente con jugar a los samurais en tu espacio?¿Que es lo que buscas en mi humilde cabaña?

- He venído a verte a ti, caimán- respondió ella sin imutarse.- He venido porque he visto mucho descontrol y abandono en tu territorio. Y ya sabes que debo velar por el equilibrio.

Job notó cierto tono de reproche en la voz de Kurage. El hombre negro se incorporó dejando caer el sombrero de paja y revelando una cabeza afeitada y enfadada de profundos ojos marrones.

- ¿¡Cómo osas venir a mi casa y decirme lo que tengo que hacer!?- exclamó el gigante.- ¿¡Con que derecho y en que nombre vienes a molestarme a mi hogar!?¡Responde!

- He veído porque lo que he visto no puede ser ignorado. He venído porque hay cosas que ni el caimán puede pasar por alto.- respondió otra vez Kurage sin imutarse. Job se puso en guardia discretamente, dejando resbalar su aguja eléctrica hasta tenerla en su mano.

El gigante pareció calmarse y exihibió una amplia sornira llena de blancos dientes. A Job le recordaba a la sonrisa de un cocodrilo, tal vez por eso le llamaran así. Con tres grandes zancadas se pusó delante de Kurage. Medía tres palmos más que ella y, ahora que Job podía apreciarlo, veía que tenía la espalda y la cara cubierta de cicatrices rituales, emulando las escamas de un cocodrilo de verdad.


- Eres valiente pequeña. Y tienes suerte de encontrarme de buenas- dijo el Caimán.- ¿Qué es eso que has visto y que tanto clama al cielo?

- He visto la corrupción en tus dominios, escamoso- dijo Kurage.- He visto cómo chamanes tóxicos envenenaban los espíritus bajo tu protección durante tu sueño. Y he venído para despertar tu venganza, porque ya sabes que debo velar por el equilibrio.

Aquel gigante rugió y golpeo con su enorme puño uno de los enclenques pilares de madera de la cabaña, que crujió e hizo caer polvo del techo.

- Tienes razón, pequeña medusa. Eso me enfurece- dijo.- Oh si, no tienen ni idea de cuanto me enfurece."