Corto Maltés
La navaja recorrió la parte baja de su mentón recortando el vello a ras de piel. Era el trozo que más le gustaba hacer porque era el más limpio y que mejor apurado quedaba. Eso decía mucho de él, y también que siempre lo dejara para el final. Se lavó la cara de los restos de espuma y se secó con la toalla de mano. Se abrochó los botones de puño de su camisa y se colocó bien el cuello. Luego su capa voló con gesto amplio cubriendo sus espaldas y se cerró el broche con una máscara sonriente para sujetarla. La máscara de hueso sustituyó su prpia cara frente al espejo cuando se cubrió rostro con ella, fijandola con las correas de cuero habituales. Cubrió estas con su pelo antes de calarse el sombrero negro, como el resto de sus vestimentas, de ala ancha. Luego procedió a la laboriosa operación de ocultar cuchillos y útiles por su ropa cómo hacía cada mañana. Se calzó las botas de caña doblada ocultando en ellas dos cuchillos cómo hacía siempre, tambien dos main gauche en su espalda, ocultos por su capa. Una tira de tres estilletes en su brazo y una daga lunar en su cintura, esta última bien a la vista. Colgó su sable del cinturón y salió de su cabina.
El Vendicatore surcaba las olas con prisa aquella mañana. Sus velas negras se llenaban de la brisa marina como si una diosa generosa soplara en la nuca de sus marineros para alentarles a avanzar. El capitán sonrió y se se paseó silencioso por cubierta. Sus hombres trabajaban sin mediar palabra y con la velocidad propia de los profesionales. Sus pieles de ébano se mostraban perladas por el sudor mientras sus brazos se tensaban tirando de cuerdas y aparejos, pero en aquella salada mañana de octubre sólo se oía el arrullar de las olas contra la quilla del Vendicatore. El capitán se apoyó en la proa del barco con una de sus botas mientras contemplaba el horizonte y cómo su navío se abría paso a través del oceano. No podía evitar pensar que navegar era como hacerle el amor al mar, y esta podía responder como una amante cálida y cariñosa o como una béstia salvaje. Cogió una manzana del barril que tenía cerca y la arrojó por la borda. Tal vez sea lo más proximo a una caricia, pensó mientras se dirigía al castillo de popa.
Un grito del vigía le hizo darse la vuelta antes de llegar. El vigía sólo gritaría si viera algo. Y tan lejos de la costa sólo podía ver una cosa. Un rival. El capitán sonrió bajo su máscara. La mar era una amante promiscua, pero él podía retar a duelo y hundir cuantos barcos se le pusieran por delante. Rapidamente volvió a arrimarse a la proa para ver cómo el pequeño mercante castellano empezaba a virar para escapar de ellos. No había barco más rapido en aquellas aguas que el Vindicatore, y menos ese gordo montón de madera cargado de sedas y especias hasta la bandera. A una señal de su mano la actividad de la pequeña fragata se triplico cuando los marineros lunares surgieron de su interior cómo hormigas para empezar a mover el oscuro velamen. La bandera negra casi se hizó por sus própios medios aunque no hacía falta anunciar más su presencia. La calavera estilizada y los dos sables cruzados no eran necesarios para que el cobarde patrón castellano que se hacía llamar a si mismo capitán se cagara en sus calzones de seda y diera media vuelta. Pero el Vendicatore surcaba las aguas más deprisa que el viento alentado por aquella mar generosa que siempre daba tanto aunque quitase de la misma forma.
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El Vendicatore surcaba las olas con prisa aquella mañana. Sus velas negras se llenaban de la brisa marina como si una diosa generosa soplara en la nuca de sus marineros para alentarles a avanzar. El capitán sonrió y se se paseó silencioso por cubierta. Sus hombres trabajaban sin mediar palabra y con la velocidad propia de los profesionales. Sus pieles de ébano se mostraban perladas por el sudor mientras sus brazos se tensaban tirando de cuerdas y aparejos, pero en aquella salada mañana de octubre sólo se oía el arrullar de las olas contra la quilla del Vendicatore. El capitán se apoyó en la proa del barco con una de sus botas mientras contemplaba el horizonte y cómo su navío se abría paso a través del oceano. No podía evitar pensar que navegar era como hacerle el amor al mar, y esta podía responder como una amante cálida y cariñosa o como una béstia salvaje. Cogió una manzana del barril que tenía cerca y la arrojó por la borda. Tal vez sea lo más proximo a una caricia, pensó mientras se dirigía al castillo de popa.
Un grito del vigía le hizo darse la vuelta antes de llegar. El vigía sólo gritaría si viera algo. Y tan lejos de la costa sólo podía ver una cosa. Un rival. El capitán sonrió bajo su máscara. La mar era una amante promiscua, pero él podía retar a duelo y hundir cuantos barcos se le pusieran por delante. Rapidamente volvió a arrimarse a la proa para ver cómo el pequeño mercante castellano empezaba a virar para escapar de ellos. No había barco más rapido en aquellas aguas que el Vindicatore, y menos ese gordo montón de madera cargado de sedas y especias hasta la bandera. A una señal de su mano la actividad de la pequeña fragata se triplico cuando los marineros lunares surgieron de su interior cómo hormigas para empezar a mover el oscuro velamen. La bandera negra casi se hizó por sus própios medios aunque no hacía falta anunciar más su presencia. La calavera estilizada y los dos sables cruzados no eran necesarios para que el cobarde patrón castellano que se hacía llamar a si mismo capitán se cagara en sus calzones de seda y diera media vuelta. Pero el Vendicatore surcaba las aguas más deprisa que el viento alentado por aquella mar generosa que siempre daba tanto aunque quitase de la misma forma.
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