El hombre saco un cigarro del paquete y lo prendió en su boca. El humo gris llenó el aire por encima de su sombrero de ala corta mientras la lluvia seguía insistiendo con gotas pequeñas y livianas. Sus gafas oscuras y su peinado ánodino no dejaban ver su rostro, y sus ropas oscuras y a medida no parecian transmitir una imagen muy peculiar en su entorno. Dejó caer la ceniza que se precipitó hacia el desague atraida por la ley de la gravedad mientras con la otra mano sacaba lo que parecía una pequeña libreta negra de aspecto formal. Consultó brebemente una de sus páginas antes de volver a guardarla en su bolsillo negó con la cabeza.
-Hay que ver...- comentó al aire.
Apuró el cigarrillo y lo piso convirtiendolo en una colilla más. El humo trazó volutas en el aire antes de disiparse y desaparecer. Miró la puerta chapada del oscuro local y, con un suspiro, se adentró en sus profundidades. Un olor a tabaco y almizcle lleno sus fosas nasales nada más entrar y la luz mortecina y el humo le irritaron los ojos. Parte de él se sentía acogido por el falso cariño de las chicas de piel de plástico que poblaban el local y parte se sentía rechazado con un gesto de repugna.
Se dirigió a la barra cruzando el lugar sin mediar con nadie y se hizo con un sitio vacío. Frente a él había un cenciero y una tapa de cacahuetes rancios que alguien había olvidado. Una mancha de cerveza empezaba a rodear el cuenco. El viejo barman le dirigió una mirada indiferente mientras servía otra copa a alguien que ya había bebido demasiado.
-¿Qué será?- preguntó simplemente.
-Una cerveza- respondió mientras otro cigarrillo aterrizaba en sus labios.- Fría- añadió.
El camarero no dijo nada, se limitó a sacar una botella de debajo de la barra y abrirla antes de pasarsela. Pareció concentrarse durante unos segundos en una gota que se deslizaba de forma sensual por el cuello de la botella mientras la ceniza del cigarro indicaba que el humo llenaba sus pulmones. Parecía que nada había cambiado con los años, que todo era igual. Que sólo era otra cerveza y otro cigarro en otro bar. Pegó un trago a la cerveza y aplastó el cigarro contra el cenicero como si fuera el culpable de sus males. Dejó unas monedas sobre la barra y se dirigió a la puerta que bajaba al sotano.
Al fin y al cabo, los trabajos nunca se hacen solos.
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